lunes, 8 de agosto de 2016

Resaca



Todavía era de noche, ni siquiera las luces del alba se habían despertado aún cuando una puñalada en las sienes dio el pistoletazo de salida a la resaca. Al abrir los ojos, una luz roja convertida en un halo difuso atrajo toda mi atención hasta comprobar que era el piloto de standby del dvd, cuando se dispersó la neblina. Todo daba vueltas en un bucle de náuseas y diversos dolores punzantes en todas las partes de mi cuerpo, lo que hacía difícil que pudiera pensar en otra cosa que no fuera en maldecir cada segundo que pasaba despierto, aunque algo me decía que debía recordar algo, algo importante. Cuando, después de un esfuerzo sobrehumano para concentrarme, creí que empezaba a recordar, la visión de unos trozos de pizza mustios y mordisqueados hicieron que todo mi ser se revolviera en una horrible arcada que me lanzó al baño y pintó lo que me parecía un acertado autorretrato impresionista en la bañera. El proceso duró varios minutos, pero casi ni me di cuenta, ya que estaba luchando por respirar entre riada y riada e intentaba sostener el hilo de ese recuerdo entre mis desgastadas sienes. Cuando por fin hubo terminado, dio paso al malestar psicológico y a la falta de fuerza física para realizar la tarea más simple, como levantar la cabeza para dejar atrás el olor a veneno regurgitado que desprendía mi creación. Lo peor era que, al haber diversas facturas impagadas en aquel piso semiabandonado de mi pueblo natal, no tenía agua corriente y los sumideros estaban atascados con los restos de mi barba afeitada en seco. Menos mal que a veces tenía destellos de lucidez y compraba garrafas de agua que hicieran de cisterna al menos, porque si aquel hedor era insoportable, no os podríais imaginar lo que era un váter después de un par de días sin vaciarse. Con aquellas botellas todo era un poco más llevadero, aunque tenía que ingeniármelas bien para no gastar demasiado y tener siempre una especie de fondo de emergencia para casos especiales; como regurgitar tus propios órganos mezclados con alcohol y restos de ensaladilla rusa, por ejemplo. Eché lo que quedaba de aquel fondo en el sumidero para deshacer los trozos y apartar los pelos el tiempo suficiente para ver desaparecer aquella obra maestra de la decadencia, mientras volvía a hilar los recuerdos de la noche anterior, en especial aquel que se supone que debería recordar, ya que tuvo la importancia suficiente como para sobrevivir a las lagunas de una noche como aquella. Por fin conseguí levantarme para tambalearme hasta la cocina, las resacas siempre me ponían a prueba dándome el mismo nivel de apetito que de náusea, así que yo las ponía a prueba intentando comer algo para saber hasta que punto estaba jodido. Solía empezar con algo sin mucho sabor ni demasiada consistencia, para después ir escalando niveles hasta llegar a un desayuno mediodecente. La visión de la nevera no me dio demasiadas esperanzas ni suficientes opciones, la mayoría de cosas que habitaban aquel lugar inhóspito desprendían un halo de suicidio premeditado, por lo que me salté algunos niveles y fui a por el chocolate. Era una especie de bizcocho seco con un poco de crema de cacao en medio que en más de una ocasión me había salvado del coma, así que le di un voto de confianza y empecé a comer. Intenté bajarlo a través de mi garganta hinchada por la bilis con un poco de leche que quedaba en el cartón y, cuando hubo pasado al fin, me di cuenta de que ya podía empezar a escalar niveles para reponer fuerzas. Después de unas horas de di cuenta de que me había desmayado. De nuevo me encontraba entre la espalda y el techo, creyéndome distinto a lo distinto y pensando en la libertad como un espacio donde guardar las nuevas cadenas. Ya no había náusea. Como siempre, me dejé llevar por el fin de la resaca hasta el principio de la siguiente. Destapando la cerveza; abriendo los ojos… Por fin recordé; necesitaba olvidarlo