lunes, 6 de junio de 2016

Luz de diciembre

Otra noche más que no me deja ver la noche, de otro día más que no me deja ver el día. En la calle se escuchan los alaridos de dolor de una gata que no ha sabido escapar a los instintos, aun sabiendo el daño que suele conllevar tal acción; creo que no hay cosa que defina mejor al ser humano. La humanidad es un animal en celo que, por ser más ambicioso que cuerdo, acaba por dejarse romper el culo a la primera oportunidad que se le presente. Estamos hechos de la pasta especial de los que quieren ser especiales y no lo serán nunca, pero el intento nos mantiene vivos o al menos nos recuerda que lo estamos, lo que a veces es más calvario que anestesia, pero no nos importa. Nos gusta estar destrozados. Hacer de la dificultad para respirar y la última gota de sangre derramada una muestra de superioridad, un arte, una forma de decir que nos gusta jugar a ser dios, sí, pero un dios que lucha por serlo. Sólo en la suciedad de nuestras botas encontramos el respiro de nuestra conciencia, la válvula de escape de la incertidumbre que nos acecha jocosa y jadeante, una hiena que espera el momento en que la carne muerta está fresca, pero bien muerta. Aunque qué mas da, ¿no? Al fin y al cabo, ¿qué haríamos sin nubes que ensucien el cielo de algo que limpiar para sentirnos héroes sin más máscara que la de la filantropía? Apareceríamos en forma de cáncer en la piel de un cuerpo que no es el nuestro, haciendo nuestro lo suyo y dejando que el tiempo corra entre las venas para encontrar la muerte química antes que la clínica, para así sentirnos orgullosos de ser alguien en medio de la nada. Callar al quemarnos y gritar al quemarles para que su sombra nos deje ver el día, y la noche por fin se esconda tras los párpados de otros; luz de diciembre.