viernes, 10 de junio de 2016

La máquina


Descifrando miradas aparentemente expertas en los pasos de cebra. Parados a ambos lados de la calle se encuentran los relojes bailando descoordinados, que arrastran las heridas más que el rencor o el propio temor a la próxima llaga. Bajo ellos, colgando y mamando del suelo putrefacto de sus emociones fútiles, los instrumentos mecanizados que en su día fueron de carne, hueso y razón; hoy, autómatas con manchas de grasa en los codos y las rodillas de arrastrarse por un puesto bajo el eje mayor o, en su defecto, de cualquier otro mecanismo que lo ayude a escapar de la sensación de no aprovechar el aceite que todo lo engrasa. La melodía de dicho aparato, perfectamente ensamblado para subyugar a cada una de las piezas de la cadena de por vida útil, retumba en los micrófonos que esconden las paredes de estaño líquido, haciendo que la chispa suene a fuego. Aquellos ojos, desenfadados de su propia existencia pero agarrando cada minuto que lo separa de ella con la certeza de que es por egoísmo, más que por ganas de recuperarlo. Que nadie toque mi instante, es lo único que tengo, pensará. Se nota la obsesión por acumular, por llenar el vacío, por dejar alguna prueba pseudotangible de la miserable existencia de un miserable ser, que nada deja ni nada lleva, salvo alguna lluvia casual en su memoria. Al rostro azul le siguen cielos oscuros, también por egoísmo; el de no dejarlo descansar por fin. La máquina apenas se para unas milésimas de segundo en una ínfima parte de sí misma para cambiar la pieza y seguir, inexorable e impasible. Los colores cambian en la escala de grises, sangre para unos y suerte para otros, que si deciden seguir con aquellos proyectos frustrados de sus propias expectativas, deberán arrancar otra página de confesiones vacía de su cerebro y volver a dejar el cuaderno en blanco. Sin lágrimas, sin pena, sin pasión, sin vida. Regocijarse en la desgracia de las otras cadenas, eso lo sustenta. Dejando escapar por unos pocos segundos toda la presión acumulada de una locomotora a vapor totalmente sellada en el trayecto de otro día de mierda. A mierda seca derretida por el sol, precisamente, huele la calle en que lo antiadherente se entrelaza por unos segundos, en que los tiburones se confabulan contra el enemigo mayor de la espera, en un silencio absoluto y desgarrador que no deja de respirarnos al oído. Choques inoportunos crean contratiempos inoportunos y, por eso y nada más, todo sigue como si nada entre balbuceos y chirrido de metal oxidado entre los dientes del que busca al portador de la culpa. La culpa es de soñar despierto con estar dormido. Para siempre. Cada mañana al despertar, al almorzar en cualquiera de esos mercados de esclavos a los que llaman negocio, estaré pensando en que este es el precio que tengo que pagar por estar vivo cuando vuelva. Vivir para pagar el no vivir del vivir para trabajar. Ocio de cartón, sonrisas de juguete, malas caras de somnolencia, cuerpo de escaparate social. Escupir hacia arriba no es difícil de comprender, cuando necesitas mojarte para sentirte vivo; necesitas herirte, sanar, beber, fumar, comprarte una casa con una valla blanca, esnifarte una valla blanca; agradecer los golpes es el arte de no morir sin darnos cuenta. Respirando desprecio se entrelazan las sombras para despegarse al cambiar de lado, ahora todos se dan la espalda y brillan los puñales con luz propia. Unos clavados entre los omóplatos, otros levantados en señal de defensa, otros ofrecidos en compasión a quien vive sin uno, y otros, estos son los peores, bajo la manga de algún demonio lo suficientemente cauto como para no enseñar los cuernos en público. No dejarse ver es la virtud de quien espera en silencio.