miércoles, 8 de junio de 2016

El Placer de lo Invisible (Parte 2; Capítulo 4)


Nos sentamos uno frente al otro, mirándonos sin vernos. El gentío de la cafetería segregaba un rumor ininteligible a nuestro alrededor que, aunque era casi ensordecedor, apenas podíamos oír. Una sinfonía de tazas y cucharas adornaba este fenómeno lejano con un tintineo metálico, mientras buscaba alguna palabra en el fondo de mi garganta que me salvara de aquella sensación. Sus ojos reflejaban la curiosidad y el reproche casi en la misma proporción, dejando a los míos indecisos, al tiempo que insinuaba una leve sonrisa que dejaba claro que aquello le divertía, al menos en parte. Una mano pasó rápidamente, dejando una taza de café humeante y un gofre bañado en chocolate sobre la mesa de aluminio, lo que nos sacó a ambos del trance y por fin le hizo reaccionar.

-Yo en tu lugar no me comería ese gofre, si no quieres pasar unos días más por aquí_ dijo, burlón.

-Será mejor que toda la mierda precocinada que como últimamente, lo raro es que no haya acabado ya con una etiqueta en el dedo. Seguro que tendría mejor aspecto_contesté mientras daba el primer mordisco a aquella masa viscosa e insípida, aguantando la mueca para no darle la razón.

Volvimos a quedarnos en silencio. Por algún motivo, no podía parar de sonreír, aun con la preocupación y la intriga relamiéndome las entrañas. Notaba el pulso en las sienes, el calor en las mejillas, cada poro que expulsaba a penas una gota de sudor que en unos segundos se volvía escarcha; notaba el tiempo espesándose a mi alrededor, haciéndose casi mantequilla. ¿En qué estaría pensando? Necesitaba volver a la realidad, no podía esperar más, pero... ¿Cómo preguntárselo? Bueno, qué más da eso ahora.

-¿Cómo conseguiste mi dirección?_ es lo único que conseguí soltar, a punto de atragantarme con el último bocado de aquel suplicio.

-Me quedé con tu hoja de ingreso al hospital lo justo para apuntar tus datos. No pongas esa cara, solo intentaba cumplir mi promesa...

-Tranquilo, sólo me ha sorprendido. Pero supongo que si te tomaste la molestia de hacer eso, será porque hay algo que debería saber.

-La verdad es que sí. Tu m... Richard_ rectificó al recordar mi monólogo en la habitación_ está en coma, y uno bastante profundo. Al parecer su cerebro no pudo soportar un dolor tan intenso durante tanto tiempo y... digamos que se apagó para recuperarse.

-Pero, entonces, ¿despertará?_me sorprendí a mi misma ilusionada con aquella idea.

-Nunca se sabe, pero por lo que sé, en este caso será bastante difícil.

-Bueno, casi mejor, creo que si despertara lo volvería a mandar al hospital en cuanto le viera.

Dejé que el silencio verificase mi afirmación por si solo, mientras terminaba el último sorbo de un café que no era más que agua manchada de barro y me preparaba una forma de despedirme que no sonara demasiado brusca. Acabé por tirar unas monedas sobre la mesa y dejar escapar un agradecimiento entre dientes a aquel médico que me miraba con una expresión extraña, como si esperara que en cualquier momento se desatase un espectáculo tras mis ojos, al tiempo que me levantaba. Noté que quería decirme algo, pero no me quedé a descubrirlo; ya tenía la información que necesitaba.


Una vez en casa, me dejé caer de nuevo en aquel sillón raído para escuchar los latidos de una ciudad muerta que parecía agonizar, pero que solo se limitaba a recordarnos que la oscuridad a veces es solo un llanto mal disimulado. Por la ventana se respiraban los despuntes de la primavera, que prometía una nueva vida a los que se vieron fracasar en la anterior, sin saber que, tanto la genialidad como el fracaso no hacen rehenes para dejarlos libres.