miércoles, 8 de junio de 2016

El Placer de lo Invisible (Parte 2; Capítulo 3)


La imagen de Steven me devolvió a la realidad. Me levanté de un salto, me enrollé una toalla alrededor del cuerpo con las piernas aún temblorosas, y salí disparada para terminar de arreglarme. Eran casi las ocho y, aunque no conocía sus horarios de trabajo, tenía la sensación de llegar tarde. Estuve a punto de salir sin pantalones por culpa de las prisas y la apremiante curiosidad, pero en el último momento me enfundé unos vaqueros con los zapatos puestos y me lancé escaleras abajo con la determinación de quien no tiene nada que perder.
Al cruzar las puertas del hospital un escalofrío me cruzo la espalda, como si fuera un recordatorio de que todo seguía igual. Después de esperar un par de minutos en la cola de la recepción de urgencias, me encontré frente a una mujer abuhada de unos cincuenta años con la expresión de quien ya no espera nada de la vida, que me miraba expectante tras unas gruesas gafas de montura negra que la hacían parecer aún mayor.
-Buenas tardes. ¿Qué le pasa?_ dijo, mecánicamente.
-No, nada. Yo venía a...
-Si no le pasa nada apártese, ésta ventanilla es sólo para urgencias.
-Pero verá, me gustaría saber si Steven se encuentra aquí hoy, sólo eso. Si usted pudiera decirme dónde...
-Aquí hay muchos Stevens, si me dice su apellido le diré el número de la habitación en la que está ingresado_interrumpió.
-No sé su apellido, solo sé que trabaja aquí.
-Pues entonces no puedo ayudarle. Así que vaya a recepción y apártese de una vez, aquí hay gente que necesita el tiempo que usted me está haciendo perder.
-Está bien. Gracias por nada, maldita frustrada_dije entre dientes, intentando no perder la calma.
Después de una larga espera en la otra cola, ésta de dimensiones inimaginables, pude volver a preguntar por él, aunque fue inútil. <<No damos información sobre el personal a nadie que no sea pariente suyo. Es por seguridad.>> Eso me dijo una recepcionista que, aunque más joven, tenía la misma expresión de desesperanza que la anterior grabada en el rostro. Estaba empezando a perder los nervios. No podía ser tan difícil encontrar un médico en un hospital, así que me puse a dar vueltas de un lado a otro buscando su imagen entre las sombras tristes y aletargadas de mi alrededor, hasta que me dí por vencida y decidí tomarme un descanso para visitar lo que quedaba de mi marido. Me daba asco a mi misma cada vez que sonreía pensando en su desgracia, pero por mucho que lo intentara no podía evitarlo. Para mí aquello era justicia poética, acción-consecuencia, o karma, como lo llaman algunos. El cinismo se había convertido en mi propia venganza, en mi máscara para el dolor, en mi último retazo de cordura. Llenaba mis noches de vacío y adornaba mis lágrimas, aunque no dejaran de devorarme por dentro, ya que cuando con más fuerza intentas olvidar a alguien, más se adueña de tus pensamientos. El pensar en ello borró para mí el camino hasta el pasillo y me paré un momento frente a la puerta para tomar aire, en cierta manera, deseando que ya no estuviera allí, que se hubiera recuperado y marchado sin dejar rastro. Pero, evidentemente, no fue así. Me quedé un rato apoyada en el marco de la puerta, observándole, preguntándome si notaría mi presencia en la habitación o si estaba despierto, esperando oír algún indicio, alguna palabra por pequeña que fuese que acabara con su culpabilidad silenciosa.
-Pues por mí puedes pudrirte esperando, maldito imbécil_escupí sobre él, sin darme cuenta de que lo había hecho en voz alta.
-Bonitas palabras.
El corazón me dio un vuelco al oír aquella voz. Durante unos segundos me pareció que venía de debajo de las sábanas y dejé de respirar, hasta que al darme la vuelta, muy lentamente, apareció la sonrisa burlona tras la cual estaba Steven, esta vez con su bata blanca y unas gafas de pasta, que le daban un aspecto más profesional. A duras penas conseguí aspirar el aire suficiente para gritar:
-¡Qué coño te crees que haces! ¿Es que quieres matarme del susto?
-Eh, lo siento, solo pretendía...
-¿Provocarme un infarto? Porque si es así vas muy bien.
-Ya he dicho que lo siento, ¿vale? Solo intentaba que supieras que estaba aquí antes de seguir piropeando a tu marido. Me han dicho que una mujer me andaba buscando por todo el hospital y vine hasta aquí imaginando que serías tú, pero veo que no es el momento_ dijo con aire decepcionado mientras salía de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Tardé unos segundos en reaccionar antes de salir tras él a toda velocidad, agarrándole la bata justo antes de que entrara al ascensor. Su mirada se debatía entre el orgullo herido y la sorpresa, deslizándose por la imagen de una mujer al borde de la asfixia que lo retenía suplicante, pidiéndole una segunda oportunidad de empezar la conversación de forma correcta, mientras el pequeño grupo de espectadores del ascensor se impacientaba por su respuesta casi tanto como yo. Después de una pequeña eternidad de reflexión, dio un paso al frente para dejar que aquellos huéspedes enlatados descendieran y continuaran con sus vidas. Su media sonrisa decía <<Está bien, hablemos>>, y con ella tomamos las escaleras hacia la cafetería del hospital, reservando las palabras tras el muro de un silencio incómodo.