viernes, 9 de octubre de 2015

Libertad ausente.


Ausente, viendo desde fuera mis propios ojos, era cómo la medicación y yo nos encontrábamos a menudo. Me dejaba llevar por ella y ella por mí, para acabar siempre de la peor forma posible, en el peor lugar posible y sin poder reconstruir casi ningún reducto de imagen de aquellas aventuras nocturnas. Qué más da, la gente normal también olvida cosas importantes todos los días y todo el mundo los sigue viendo con los mismos ojos. Sólo algún aliciente externo que lleve a esas cosas puede desencadenar una oleada de críticas y miradas despectivas dentro de una comunidad. Bebida, pastillas, cocaína; todo ello estaba mal visto si se dejaba ver, aunque solía ver niños inyectados de azúcar, intensos y descontrolados, con más peligro que cualquier yonqui tembloroso de callejón oscuro con las venas ardiendo. Las familias de esos niños les tapaban los ojos al pasar por mi lado, negando en silencio con la cabeza y acelerando el paso, solo por encontrar un sitio donde dormir donde ellos jamás lo harían, por buscar sonrisas lejos de la realidad en un banco o portal de su calle, por hacer un váter de su maldito felpudo de diseño, cuando ellos anhelaban mis descuidos para tirar o destrozar las cuatro paredes de cartón que solían formar mi hogar provisional. Pero en días señalados como en Navidad, a todos les daba pena ese hombre gris que vive donde y como puede, cuando y como quiere, y por ello me daban unas monedas o magdalenas que albergaban una biodiversidad increíblemente extensa para sentirse mejor consigo mismos por dar algo, a quien se supone que debes dar algo, cuando te dicen que debes dárselo. De la mano de frases como: Cómprate un traje y busca un trabajo. Cuéntale al rugido de mis tripas y al temblor de mis manos que aplazaré su calma para comprarme un traje y te saltarán al cuello, créeme. Los temblores eran lo peor, por encima del frío y el hambre, por eso la mayoría de “actos de buena fe” acababan convertidos en cartones de vino barato que hacían a la vez de abrigo y anestesia. Cualquier cosa para apartar de mi ese hormigueo punzante que recorría mi cuerpo y los sudores fríos que dejaban mis extremidades rígidas, lo cual hacía aún más dolorosas las convulsiones de poco después. La vista borrosa, la agresividad espontánea, la risa nerviosa… Y ellos me insultan y rechazan por intentar evitar eso.
Recuerdo el día que me levanté con más náuseas que de costumbre, debido a que me habían meado encima unos simpáticos pseudo-cadáveres tambaleantes que no podían sentirse bien de otra forma, que no fuera jodiendo a quien creen que está por debajo de ellos, antes de volver a casa de sus padres. El hedor era hiriente, cortante, tanto que lograba una abstracción total de todos los demás sentidos; veía el olor, lo saboreaba y lo escuchaba canturrearme al oído una introducción a otro día de mierda.
El tacto de la ropa mojada y arenosa sobre mi piel daba escalofríos, casi chirriaba como dos aceros oxidados en una lucha épica. Conseguí levantarme a duras penas hasta estirar por fin las piernas y empezar a desnudarme. Cada pieza acartonada que me quitaba de encima era como una oda a la libertad, una invitación al aire fresco y al sol caliente de la media mañana sobre mi piel mustia. Dejando atrás mis pocas pertenencias, me aventuré a la orilla del río que fluía asquerosamente limpio y despreocupado, dejé caer la cabeza hacia atrás e inspiré todo lo que mis viejos pulmones me dejaron, mientras la gente que pasaba a mi alrededor se reía de mí o salía corriendo en busca de alguien que me pusiera en mi sitio. Ya me lo conozco; unas horas encerrado, un par de golpes, una comida escasa y un café infumable. Luego, vuelta a empezar. Pero hasta entonces nadie podía arrebatarme aquel momento, aquel instante perfecto en el que mi piel se iba fundiendo con el agua, ahogando cada centímetro de mí en una atmósfera distinta, aislada del ruido y la polución, de lo bueno y de lo malo. Esa sensación era mejor que cualquier medicina para viajar al sitio de donde no quieres volver pero, como es de esperar, no dura para siempre. El primer golpe me cogió desprevenido. El segundo apenas lo noté. Intenté volver a zambullirme para escapar al tercero, pero algo me cogió del cuello con fuerza y me estrelló contra el pavimento, dejando poco más que un rastro rojizo, un zumbido constante en mis oídos y una oscuridad completa tras mis párpados.
Lo primero que vieron mis ojos al despertarme fue a mi compañero de celda cagando en medio del calabozo; otro buen aroma para comenzar el día. Lo segundo, mi propio cuerpo envuelto en vendas y una manta deshilachada con un mosaico de manchas digno de exposición. Esta vez se habían pasado con la paliza y eso significaba que me soltarían un poco antes para que no muriera allí dentro y no tener que dar explicaciones o pedir favores. Así funcionan los cuerpos de seguridad del estado. De este y de cualquiera. Es solo una cadena de lameculos pidiéndose favores entre sí para actuar de jueces de la humanidad y salvar el pellejo cuando la situación lo requiere. Así que un rato después, como yo había previsto, me soltaron. Metieron mis cosas en una bolsa hermética con una expresión de asco esculpida en el rostro, me la tiraron a la cara con tal fuerza, que noté la reapertura de la herida en mi frente y un hilo sanguinolento deslizarse a tientas por la mejilla, y al verme temblar de aquella forma, me regalaron la manta de mala gana por miedo a contagiarse de alguna extraña enfermedad si la tocaban. Cuando salí de allí mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, por lo que la luz del sol de media tarde los apuñaló sin preguntar. Un par de lágrimas se me resbalaron de la cara antes de que pudiera ver de nuevo y seguir mi camino. Paso a paso, los temblores se volvieron enfermizos, descontrolados, mi cuerpo ardía por fuera y se enfriaba por dentro mientras intentaba contenerlos sin conseguirlo. Necesitaba mis medicinas. Empecé a correr por aquella gran avenida, con la gente apartándose atemorizada a mi alrededor, los coches parando y formando cola para ver el circo del hombre desesperado, no le ayuden, que sufra, el se lo ha buscado. Que os follen! No os necesito para nada, solo necesito calmar este dolor, mi sed está fuera de control, vuelvan a sus vidas de mierda pintadas del color que más les guste mientras intentan creer que algún día la tormenta amainará. Jamás. La tormenta está instalada en cada uno de nosotros y todo el mundo se tapa los ojos. Entré en el supermercado con la mirada perdida, los ojos abiertos hasta un punto inimaginable, podía notar la tensión de todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo apretando mis huesos hasta hacerlos gritar, la estampida de explosiones en el interior de mi pecho se hacían ensordecedoras. Tropecé con una pirámide de latas de conserva y me levanté sin pestañear ni prestar atención a aquel desastre. Nada más importa. Me señalaban con el dedo y me seguían a toda prisa, tuve que acelerar el paso. Luego avisté de lejos la licorería y empecé a correr con el sonido de unos pasos invisibles tras de mi, no podía mirar atrás ni quería hacerlo, solo quedaban unos metros, unos centímetros… Me derribaron justo a tiempo doscientos kilos sobre mi caja torácica raída. La estantería entera cayó y una lluvia de alcohol y trozos de cristal se abalanzó sobre nosotros, pero a penas lo noté, solo pude lamer frenéticamente el alcohol empapado en sangre del suelo y deleitarme mientras el dolor desaparecía.
Me desperté en el callejón de detrás del supermercado, roto. Supuse que eran otros que querían un problema menos; las muertes no dan buena publicidad. A veces es una virtud ser un problema.
Zumbido eléctrico, golpes sordos, cuchicheos, una sensación de confusión y bienestar. Morfina. Estaba atado en una camilla de la ambulancia. Ellos pondrían en el informe que era para contener los temblores, pero en realidad estaban bastante asustados, se les notaba. Estaban tensos, no sabían si salvarme o dejarme morir, en ambos casos serían unos hipócritas. Me odiaban, era ese al que señalaban para decirle a sus hijos a quién no debían acercarse y como quién no debían acabar, ese al que le dirigían miradas de desprecio por la calle y se apartaban unos ...etros para que no respire el mismo aire que él, pero a la vez su estúpida moral les impide matarme, no por ellos mismos, sino por lo que dirán de ellos. En fin, no seré yo quien les quite ese peso de encima. Esperé a que me estabilizaran mientras buscaba con la mirada el gotero de la morfina, que encontré a poco menos de un metro de mi. ¿Sería posible? Por qué no. Me fui desatando girándome y dando de sí las cuerdas, un poco cada vez, hasta que hubo la holgura suficiente para deslizarme sin ser visto. En el momento justo en que no hubo ningún ojo puesto en mí, dí un salto de la camilla, arranqué el gotero y me bebí el saco antes de que nadie pudiera impedírmelo. Fundido a negro.

Creo que estoy en coma o algo parecido, ya que sigo oyendo voces a mi alrededor pero no me oyen, intento gritar a diario y nadie me escucha, me esfuerzo en dar alguna señal de vida para que la extingan por fin, pero mi cuerpo no responde. Bueno, al menos sé que lo harán en cualquier momento, es lo mejor que tiene eso de ser un problema.