martes, 13 de octubre de 2015

El Placer De Lo Invisible (Parte 2; Capítulo 2)



<<¿Podrá sentir dolor?>> es la pregunta que se debatía con el nudo de mi garganta y el sudor frío para hacerme perder la cabeza. Al contemplar a lo que alguna vez fue mi marido con los ojos escondidos tras unas vendas que aún supuraban pequeñas gotas de sangre, sufriendo convulsiones esporádicas y asfixiado tras una selva de cables, tubos y agujas desechables, me pregunté si debía odiarle o compadecerme de él, pero al final todo se infestó de un intenso rencor que me hizo aborrecer hasta la más mínima prueba de su miserable existencia. Había arruinado su vida por una cantante de motel que podría ser su hija, por un flechazo en un tugurio con olor a cadáver; ése había sido el agudo diagnóstico del conductor de la ambulancia, que no pudo sostenerme la mirada cuando se percató de quién era yo. Pero lo que me llevó al borde del infarto, no fue ni que intentara engañarme, ni que intentara violar a aquella chica, sino el peso muerto de la incertidumbre que me asedió antes de recibir la llamada del hospital. Tenía los puños tan apretados que podía sentir el flujo de sangre hirviendo correr por mis nudillos. Luego miré a la chica y se me escapó una carcajada que llamó la atención de las enfermeras presentes, que me miraron con una mezcla de asco y miedo en el rostro. Me acerqué unos pasos, lentamente, saboreando cada segundo de aquel momento, hasta aquellas cuencas vacías que parecían reprocharme la sonrisa ante una escena tan macabra. Entonces el rencor dejo paso a un lapsus de compasión y desprecio:
-¿Por qué?_dije mientras una lágrima traicionera se escapó por mi mejilla__¿Por qué has echado tu vida a perder por una sucia y miserable cantante a la que apenas conocías?
No contestó.
Salí de allí sin tener idea alguna sobre a dónde me llevaban mis pasos, pero necesitaba moverme, correr, gritar; necesitaba sentir cualquier cosa menos aquello.


Desperté con la sensación de haber sido atropellada por un trailer. El aire me pesaba en los pulmones. Las imágenes de la caótica habitación eran apenas colores difuminados y un regusto metálico en la lengua me estaba provocando unas náuseas que no tardaron en hacerme vomitar. A pesar del color rojizo del charco que se creó en medio del salón de mi casa -o lo que quedaba de ella- mi principal preocupación era el no recordar nada, absolutamente nada, desde que arranqué el coche al salir del hospital. Al levantarme del suelo se oyó el estallido sordo de unas botellas de vidrio a mis pies y, sin apenas fijarme, rodeé los trozos de cristal pegajoso con los ojos entrecerrados para llegar al baño. Una vez allí, una luz ambarina frente al espejo me mostró los estragos que aquella noche de excesos que no recordaba; llevaba la camisa desgarrada, cubierta por un mosaico de manchas multicolor que se extendían hasta los calcetines, mi cara era apenas un reflejo cadavérico de lo que fue y mis piernas desnudas flojeaban bajo la influencia del vaivén de mi cuerpo, que a diferencia de mí aún se sentía borracho. Qué envidia. Al volver al salón, ya un poco más despejada, me di cuenta de que aquella habitación me recordaba a mi nueva yo; vacía, fría y sucia. De todas partes salía un olor a rancio que provocó otra tanda de arcadas, que yo trataba de reprimir con cantidades industriales de puro alquitrán en forma de cigarrillos sin filtro y un goteo constante de ginebra barata que se me escapaba de entre los labios e iba a parar a la alfombra, creando una atmósfera en la que me sentía algo más cómoda con mi propio olor corporal. Pensé en darme una ducha reparadora, pero de solo imaginar el contacto con el agua -y la vuelta total a la realidad que ello conllevaba- se me astilló la piel con un escalofrío y deseché la idea rápidamente.
Desde entonces pasé semanas sin salir de casa, sin apenas moverme del sitio más que para acumular envases de comida precocinada a mi alrededor, llegar hasta el baño cuando fuera estrictamente necesario y vaciar la fosa común de colillas del cenicero cuando empezaba a rebosar. De vez en cuando sonaba el teléfono para recordarme que, fuera de mi pequeño ecosistema, el tiempo seguía su curso para las demás hormigas obreras que se movían de un lado a otro, atareadas y estresadas, anhelando el momento de volver a sus jaulas de cemento de diseño para descansar de otro feliz día de esclavitud. Como hasta el más mínimo sonido me crispaba los nervios, solía acercarme a la estantería de madera oscura donde descansaban mis viejos libros, olvidados entre años de facturas y con falta de horas, para acariciar sus solapas con el dedo índice justo por debajo del título hasta encontrar alguno que me recordara un momento mejor. Luego lo sacaba con cuidado, volvía a mi puesto en el sofá y me dejaba llevar hasta que la falta de luz o los oscuros recuerdos me apartaban de su historia. Después me desahogaba contándoselo al whisky hasta quedarme dormida o perder la consciencia -lo que antes llegase- para despertarme al día siguiente y que todo siguiera igual.

No estoy segura del tiempo que pasó hasta que, un día como otro cualquiera, unos firmes golpes en la puerta me sorprendieron saqueando el frigorífico, haciendo que el corazón se me parara unos instantes antes de reaccionar. Me deslicé hasta la puerta, poniéndome de puntillas para alcanzar la mirilla y girarla lentamente. ¿Pero qué... qué hacía él allí? Al otro lado del cristal se encontraba el rostro aguileño de Steven mirándome fijamente. ¿Cómo me había encontrado? ¿ Sabría que estaba en casa? Me aparté de aquella visión pegándome de espaldas a la puerta, que cedió unos centímetros con un crujido. Los golpes volvieron a sonar, con más fuerza que antes, acompañados de un <<¿Hola..?>>. Ya no había escapatoria; sabía que estaba allí. ¿O sí? Podría ignorarle hasta que se diera por vencido, pero ¿y si me interesaba saber el motivo de su visita? ¿Será uno de esos maníacos acosadores? ¿Traerá noticias de Richard? Las preguntas se agolpaban sin control en mi cabeza. Una tercera tanda de golpes me hizo vibrar con la madera. Entonces empecé a apilar toda la basura posible en una esquina, para después taparlo todo con el sillón y, con dos enormes zancadas y el girar del pomo, me encontré con el rellano vacío. Corrí hasta la ventana, aún con la esperanza de poder avisarle, pero ya era tarde. Había desaparecido. El corazón, lentamente, volvió a su latido habitual, para dejar paso a la presión respiratoria y la curiosidad que me lamía las entrañas. No sabía su dirección, ni su teléfono, pero conocía su lugar de trabajo e hice un esfuerzo por despegarme la ropa del cuerpo y meterme en la ducha. Mientras el vapor se escapaba por la ventana, pude oír los gritos del piso contiguo, acompañados por el crujir de los golpes sobre los muebles y el estruendo de un cristal al hacerse añicos. Se pasaban así la mayor parte del tiempo, dejando un pequeño espacio para unas acometidas de sexo rabioso que hacían aún más ruido que las peleas; eran de ese extraño tipo de parejas que no funcionan sin violencia. Nunca lo entendí, aunque a veces fantaseaba con uno de esos polvos frenéticos, esos aullidos de placer salvaje de dos cuerpos desnudos uniéndose para destruirse, esos golpes que hacían temblar el edificio entero, esa dominación mutua que deja cicatrices sudorosas y respiraciones entrecortadas... Sin apenas darme cuenta, empecé a acariciarme los pechos con los ojos cerrados, dejándome llevar por mi piel húmeda y deslizante hasta fundirme con aquella fantasía. Las piernas me temblaron cuando me sentí dentro, dejándome caer hasta notar las frías baldosas en mi espalda ardiente haciendo que mis dedos me recordaran el placer, contorsionando mi cuerpo y erizándome la piel, acelerando mi respiración mientras me mordía los labios hasta dejar de sentirlos, cada vez más y más adentro, hasta que la potente sacudida del orgasmo me arrancó un sonoro gemido del nudo que se había instalado en mi garganta y caí exhausta sobre la bañera. Por unos segundos, unos maravillosos segundos, me olvidé del mundo completamente y un asomo de sonrisa cruzó mi rostro. Pero nada es para siempre.