martes, 13 de octubre de 2015

El Placer De Lo Invisible (Parte 2 ; Capítulo 1)



<<¿Estará despierto?>> es la pregunta que, como el té, me acompaña cada mañana. Repaso con la mirada el resultado de días de dejadez, comida rápida y autoaversión sin darle demasiada importancia, pero sin dejar de sorprenderme con la rapidez con la que alguien como yo ha tocado el más bajo de los fondos, aunque lo que más me asusta es lo rápido que me he acostumbrado a él. Despego con dificultad mis piernas desnudas del sillón preferido de Rick; una pieza de cuero marrón desgastado y con olor a humedad, en el que se sentaba las tardes de los domingos a ver el partido de fútbol semanal que, según él, enfrentaba a los "Vagos de mierda" con los "Compra-árbitros-de-los-cojones" -a veces maldigo la facilidad de mi mente para recordarle a la más mínima oportunidad- y me enderezo para hacer crujir mi espalda agarrotada. De camino a la cocina abro una ventana para refrescar algo el ambiente, ya que el olor a comida rancia y cigarrillos Twisted concentrado apuñala mis sentidos, ya resentidos a causa de la sádica resaca que tiene por costumbre clavarme agujas candentes en las sienes si hago movimientos bruscos. Empiezo a prepararme un té caliente e intento hacer tostadas, pero el estridente ruido de la bolsa al abrirlo me hace reconsiderarlo, así que me limito a coger el té y sentarme de nuevo. Cenicero, té, cigarrillo y novela de Allan Poe en la ventana; mi ritual no entiende de lutos sentimentales ni miserias. Después de un rato de deambular por las páginas sin apenas fijarme en ellas, los recuerdos ocupan su lugar y me dejo llevar hasta aquel hospital, aquella noche, aquella imagen...


La luz halógena de la cocina, tan blanca, intermitente y estresante como siempre, parecía seguir el compás de los golpecitos de mis dedos nerviosos sobre la mesa. Tic-Tac. Nunca me gustó ese antro lleno de prostitutas, maridos infieles, borrachos y drogadictos. Aun así no quise prohibirle que fuera. Siempre lo esperaba despierta y con la preocupación oprimiéndome el pecho hasta ver que volvía sano y salvo a casa, pero el reloj que colgaba de la pared de la habitación señalaba las dos y media de la madrugada cuando empecé a preocuparme; ya pasaban de las cinco y aún no había noticias. Tic-tac. Mil imágenes escabrosas me pasaron por la cabeza, mientras un sudor frío me recorría la espalda con un escalofrío. ¿Y si me está engañando? ¿Y si le han atracado y se ha hecho el héroe? ¿Se habrá desmayado en algún callejón? ¿Le habrán disparado?¿Y si ese hijo de puta me ha abandonado sin siquiera decirme adios? Empiezo a mirar compulsivamente el reloj. Tic-tac. Siento más presión en el pecho, no puedo respirar, necesito salir de aquí... Tic- tac. De repente, me sorprende el sonido del teléfono, me abalanzó sobre él instintivamente y reuno el aliento para responder con voz entrecortada:
-¿Si?
-Perdone que la moleste_contestó una voz joven y algo alterada_la llamo del Hospital Snt. Mary, ¿es usted la Señora Crawn?
Me pareció que mi corazón dejaba de latir mientras sonaba esa frase al otro lado de la línea.
-¿Sigue usted ahí?_repitió la voz por el auricular.
-Eh si, si, soy Greace Crawn.
-La llamo porque tenemos aquí a su marido y usted consta como su contacto de emergencia.
-¿Pero que le ha pasado, está bien?
-Verá_hizo una pequeña pausa para tragar saliva_creo que sería mejor que viniera usted misma, si no le importa, es algo delicado...
Cuando te dicen eso no hay que hacer más preguntas. Cogí las llaves y me puse el abrigo a la vez que salvaba los doce escalones que me separaban de la calle en un salto, me tropecé con un desconocido sin apenas notar el contacto y enfilé la avenida que llevaba al hospital, con el corazón a punto de salírseme por la boca en medio de la tormenta. El eco acuoso de mis pasos me seguía, las imágenes de mi cabeza se tornaron macabras, desagradables, me torturaban las posibilidades; todo era oscuridad, viento en la cara y ansiedad en aquel camino. Demasiado para mis pulmones de fumadora.
Me despertó un zumbido constante, aletargado, como una voz lejana y apagada. Estaba tumbada bocarriba, lo veía todo como en un sueño, con una bombona de oxígeno manteniéndome en él y una extraña figura que no llegaba a distinguir que no paraba de emitir ese zumbido en mi dirección. Era un hombre de uniforme, mirándome fijamente con los ojos muy abiertos y pasando una linterna por los míos, lo que me hizo despejarme del todo. Estaba en una ambulancia y aquel hombre era Steven, un auxiliar que me había encontrado tirada en la acera con una parada cardíaca mientras asistía a otro paciente. Al recordar lo que me había llevado hasta ahí empecé a balbucear el nombre de Rick una y otra vez, dando rápidas cabezadas a causa de los calmantes, que por otra parte me ayudaron a relajarme y entablamos conversación de camino al hospital. Él me contó que el otro paciente al que estuvo atendiendo era un caso horrible, que al parecer había intentado violar a una chica después de un concierto y ella le roció con espray de pimienta hasta dejarlo en coma de puro dolor, no sin que él la estrangulase hasta matarla antes. Yo le conté que venía a ver a mi marido cuando me encontró y que aún no sabía exactamente qué le había ocurrido. Me dijo que si me quedaba más tranquila y le prometía que no me escaparía para ver a Rick hasta que no me recuperara, él me traería noticias cuando acabara su turno. No tuve más remedio que resignarme y aceptar, porque de todas formas no tenía elección.
Aunque las primeras horas me costó cumplir mi promesa, luego el cansancio y los calmantes para las contusiones me envolvieron en un profundo sueño aterciopelado del que nunca debería haber salido.

El mismo zumbido me sacó del sueño unas horas después, desorientada por la mezcla de drogas e infartos. Ahora me encontraba en una habitación de hospital, blanca y estéril. Me enderecé de golpe con la curiosidad lamiéndome las entrañas y lancé a Steven, que estaba sentado a mi lado en una vieja silla de aluminio con respaldo de madera astillada, una mirada espectante e inquisidora, a lo que respondió con una media sonrisa y un trozo de papel doblado. Antes de que pudiera darle las gracias ya había desaparecido. Pero tenía cosas más importantes de las que preocuparme, como por ejemplo el contenido de la nota, el recurrente pinchazo que sentía en el pecho o la gravedad con la que me había dado la noticia aquel auxiliar. Deslicé los dedos por el papel rugoso y desgastado para abrirlo. Palabra por palabra el tiempo se fue ralentizando a mi alrededor, una rabia desbordante me alimentaba y todo lo demás pasó a un segundo plano. Me puse en pie, me vestí y enfilé el pasillo sin ninguna expresión en el rostro. Mis pasos eran cortos pero firmes, miraba a la gente con un brillo de desprecio en los ojos que para mi no era más que determinación homicida. <<Giro aquí y ya está>> me dije. Allí dentro estaba la causa de todos mis problemas y las respuestas a todas las preguntas que me hice esa maldita noche.