domingo, 3 de mayo de 2015

Cordura gris

Sé que me están mirando. Quieren parecer ocupados, ausentes, como si estuvieran demasiado absortos en sus vidas como para fijarse en nadie más, pero no saben disimular. Al menos no lo suficiente como para engañar a un astuto viejo como yo. Desde mi silla, colocada junto a la ventana de la habitación que ofrece la mejor panorámica de la calle eternamente gris en la que vivo, lo veo con total claridad. Cada palabra, cada gesto, cada sorbo dado a sus respectivas bebidas les delata. Incluso las casualidades están cuidadosamente preparadas para no levantar sospechas, como aquel hombre que se tropezó con los pies de un vagabundo porque sobresalían de la portezuela de un cajero automático y, antes de volver a levantarse, se disculpó repetidas veces ante el sorprendido indigente -el cual mostraba una sonrisa demasiado cálida para ser real- e intentó recompensarle con un billete arrugado que sacó del bolsillo de su americana, pero su oferta fue declinada con aquella abrasadora sonrisa y todo quedo ahí. Eso jamás podría ocurrir fuera de aquel escenario sin telón. En esos casos, el procedimiento habitual era discusión, conflicto, arma blanca, forcejeo y un bonito cadáver sangrante adornando la acera con un poco de color, todo ello a pesar de que, en la mayoría de los casos, el vagabundo solo intentaba disculparse. Maldita sociedad enferma, me digo.

Doy un breve repaso al escaso mobiliario de la habitación, pintada de un blanco antinatural, estresante, hasta encontrar mi almuerzo sobre un taburete de aluminio cercano a la puerta. Me acerco al plato, que contiene un filete amarillo cortado en trozos triangulares, una salchicha quemada y un puré de patata con muy buena pinta. Agacho la cabeza unos centímetros para olisquear brevemente el puré y, al volver a levantar la cabeza, sonrío con malicia. Creen que con esto podrán engañarme, pero no tienen ni idea de con quién se la juegan. Lo he visto miles de veces por televisión, en esos programas para aspirantes a psicópatas y policías retirados que ponen a las tres de la madrugada; te incitan a comer lo que te matará bajo una apariencia exquisita, no sin antes dejarte con hambre haciendo que todo lo demás sea incomible. No, conmigo no os será tan fácil. Devoro los trozos de la supuesta carne, que dentro de mi boca se convierte en una especie de chicle correoso e insípido imposible de triturar del todo en menos de dos horas por porción, así que me tomo mi tiempo. Oh, mierda... ¿Y si lo que quieren es distraerme y que deje de vigilarles? Me lanzo hacia la ventana de la calle gris con los ojos desorbitados y apretando los dientes, nervioso, pero el segundo acto sigue su curso y todos los actores están en sus puestos, metidos por completo en su papel. Vuelvo a por la salchicha calcinada y esta vez me la como a mordiscos sin apartar la vista de ellos hasta que, de repente, la puerta de la habitación se abre de un golpe. Ya están aquí. Dos hombres con la piel del mismo blanco asfixiante que las paredes se lanzan sobre mí, blandiendo dos jeringuillas que contienen un líquido verde lechoso bastante sospechoso. Noto la subida de adrenalina en el pecho al esquivar el primer lanzamiento, seguido de un intento de inmovilizarme que le costó un cabezazo en la nariz a aquel extraño personaje. Os estaba esperando. Empieza a gritar de rabia mientras se deshace en chorros de sangre viva, de un rojo tan intenso que hace del blanco antes mencionado apenas una sombra cansada, mientras yo me levanto de un salto e intento embestir al otro. Consigo engancharle el brazo a apenas unos centímetros de mi cuello, tan cerca que puedo sentir el frío acero quirúrgico de la aguja en él. Trago saliva, con una marea sudorosa bajándome por la frente. Un frenesí de golpes al aire consigue apartarlo de mi y me preparo para el siguiente asalto, pero le veo sonreír en el momento en que un escalofrío astillado me recorre la espalda y sé que es mi fin. Sabía que me vigilaban, que vendrían a por mí, pero no que conseguirían doblegarme con tanta facilidad. Caigo de bruces al suelo justo antes de que me esposen, mientras un fundido a negro acaba de un plumazo con el segundo acto. Adiós a la calle gris, al blanco asfixiante, al rojo intenso... solo queda oscuridad e incertidumbre.

<<¿Entonces, el sujeto es peligroso?>> <<No lo sabemos aún, solo lleva aquí un par de días y ha estado semiinconsciente desde que llegó, pero parece que habrá que tomar precauciones, fue guardia de seguridad>> <<¿Cuándo notaron los primeros brotes?>> <<Por lo visto, empezó a tratar a los pacientes de forma extraña hace unas semanas, luego, cuando llegó a este centro, lo metimos en su habitación y creía estar en su garita, haciendo su turno como un día cualquiera, ordenándoles a los demás internos que se callaran o estuvieran quietos, avisando a las enfermeras de que había llegado la hora de las pastillas, etc.>> <<Gracias por la advertencia, a partir de aquí nos ocupamos nosotros...>>

Estas voces sonaron en mi cabeza como un eco vacío, distante, recluido tras el cristal de seguridad. Entonces, dos hombres me levantaron por los hombros mientras otro me sujetaba las piernas, encabezando la marcha. Mis ojos pudieron abrirse a pesar del sopor que me producía aquella sustancia, consiguiendo entrever la cara de los dos internos que me habían reducido. Llevaban el uniforme de los celadores de la sala, asegurando cada paso para no mostrar inseguridad, para alejarse sonriendo por haber engañado a los funcionarios del otro hospital psiquiátrico de la ciudad. Intento hablar, revolverme, agarrarme a las puertas, gritar, aunque sé que todo esto solo sirve para reforzar su percepción de mi locura. ¡No estoy loco! ¡Soltadme! ¡Os han engañado! ¡Malditos imbéciles!

Ahora solo me quedan la calle gris, el asfixiante blanco entre purés envenenados, y la relajante sensación de la cordura inducida por los calmantes. Por supuesto, sé que me siguen observando, pero no podrán conmigo. Aún queda el tercer acto y la pantomima acaba de empezar, pero shhhh... ese será nuestro pequeño secreto.