sábado, 26 de abril de 2014

Noches de sexo con whisky

Aquella noche, las velas daban un curioso brillo a la botella de whisky que descansaba sobre la mesa y creaban sombras que bailaban despreocupadas deslizándose por la pared. Yo me encontraba en una vieja silla de oficina que crujía como el roce del metal oxidado, encendí un cigarrillo y eché un trago. En mi casa no había electricidad, ya que la habían cortado por falta de pago por tercera vez en apenas tres años, pero en esas situaciones se le suele dar más importancia a los pequeños detalles y yo siempre fui muy poco exigente. De entre las columnas de humo apareció ella, con una lencería sutil que podría provocar más de un infarto simultáneo, acercándose lentamente, con el contoneo sensual y acompasado de un guepardo acechando la presa. Por un momento me olvidé de respirar, siguiendo con la mirada a aquella majestuosa criatura que se presentaba ante mis ojos. Empezó a bailar al son del silencio, acercándose más y más, hasta que dejo su tersa piel a pocos centímetros de mí, yo alcé las manos para acariciarla, pero las esquivó y lanzó una sonrisa; sabía que en aquel momento me tenía totalmente a sus pies. No pude hacer otra cosa que echar un trago y esperar, admirando su hipnótico contoneo e intentando contener mis instintos lo mejor posible. El cigarrillo empezó a quemarme los dedos, así que encendí otro sin apartar la mirada un instante de aquel espectáculo. Empezó a restregarse lentamente contra mi entrepierna, acercó sus labios lo suficiente para cortarme la respiración, pero cuando traté de besarlos, se echó hacia atrás a la vez que lamió mi labio superior sin darme tiempo a saborearlo. Seguía rozándome y calentándome a su gusto. Empezó a desnudarme hasta dejarme en calzoncillos, me sentía muy vulnerable y excitado al mismo tiempo, pero dejé que la situación siguiera su curso por mucho que me costara, ya que me iba a estallar la cabeza; las dos. Me abrió las piernas y se puso de rodillas, acariciándome las piernas con los labios subiendo lentamente, hasta que, unos segundos después, noté su aliento en la entrepierna. Subió un poco más hasta el elástico de los calzoncillos y empezó a bajarlos sin apartar la mirada de mí, hasta que por fin me libró de ellos y sonrió de nuevo al ver que yo estaba más que preparado para lo que fuera. Desde abajo, deslizó la punta de su lengua por mi miembro de una forma tan sutil que me dejó aún más impaciente. Eché el trago más largo de toda la noche y me quedé con la botella en la mano, por si acaso. Cuando llegó arriba, sin más espera, se la tragó sin dejar pasar ni un solo segundo más y empezó a chupármela apasionadamente, tanto que hasta parecía tener más ganas que yo. Eché la cabeza hacia atrás y me dediqué a beber, fumar y disfrutar como nunca lo había echo. Justo antes de que terminara, se echó hacia atrás y soltó el cálido abrazo que sus labios le habían estado dando a mi miembro, esperó unos segundos y saltó sobre mí. La silla se quejó de aquel salto, pero a nosotros no nos importaba si se derrumbaba ella o el edificio entero. Sentí en la polla un abrazo incluso más cálido que el de antes, unas uñas en la espalda y a partir de ahí dejé de ser consciente de mi propia existencia.

Nada mejor que las noches de whisky y sexo salvaje para dejar que la razón se tome unas vacaciones, de las que posiblemente no vuelva jamás.