sábado, 26 de abril de 2014

Lluvia de piedras



Llevábamos un buen rato descendiendo por aquellas escaleras llenas de pintadas y botellas rotas, que tenían un olor sutil a alcohol y mierda seca que te apuñalaba el olfato hasta sangrar lágrimas y náuseas devastadoras. Mientras descendíamos se acentuaba gradualmente aquel gruñido intenso e intermitente que hacía temblar las paredes, junto con lo que parecían guitarras eléctricas a punto de explotar. En algunos tramos del camino nos encontrábamos a algún que otro yonqui en una especie de coma, lo que otros aprovechaban para registrarles en busca de cualquier cosa de valor. En otras ocasiones nos paraban mujeres desdentadas ofreciéndonos sus servicios que decían estar "limpias", pero esa palabra no existía en aquel lugar y mis dos amigos estaban impacientes por enseñarme su nuevo descubrimiento. Uno de ellos era Carlos, un chaval mimado y rico que conocí en el instituto, al que le encantaba escaparse de la mansión de sus padres para esnifar cocaína, mientras ellos pensaban que iba a jugar al baloncesto. Al otro lo llamaban Zack, ya que dicen que si le llamas Zacarías te hace tragarte los dientes uno a uno. De él no sabía mucho, lo había conocido ese mismo día, solo que le encantaba vestir de negro y meterse en todas las peleas y problemas posibles. 
Cuando por fin llegamos a una puerta negra metálica carcomida por el óxido, empecé a preguntarme dónde me estaba metiendo, pero no tuve más tiempo de reflexionar sobre ello ya que Zack llamó con una extraña combinación de golpes. Después de unos minutos, la puerta cedió lo suficiente para dejar salir una cabeza rapada de expresión desconfiada que nos clavó una mirada asesina, pero al ver a Zack nos dejó pasar sin más espera. El ruido de las baterías y las guitarras nos envolvió, aquel hombre rapado cerró la puerta con llave y nos saludó con la mano antes de perderse entre la muchedumbre. Era un local enorme bañado por luces rojas, con gente bebiendo, jodiendo, fumando, esnifando y chutándose por todas partes. Era como la capital mundial del vicio encerrada entre cuatro paredes. Carlos al ver la coca salió disparado para intentar conseguir un poco, por nuestra parte, Zack y yo fuimos a por unas cervezas. Había dibujos antinazis por todas partes, en las paredes, en las puertas, en los espejos, e incluso muchos los llevaban tatuados. Nos sentamos en una especie de sillón lleno de colillas y quemaduras a ver el espectáculo. En pocos minutos llegó Carlos con tres chicas e hizo las presentaciones colando su voz entre el poco silencio que dejaba la música. Tenía los ojos brillantes,muy abiertos, y al hablar le daba un tic en el labio superior; acababa de llegar y ya estaba hasta arriba. De repente cesó la música y las chicas se sentaron, alguien había subido al escenario con un micrófono mientras otro iba repartiendo algo que no llegaba a vislumbrar a todos los presentes. El del escenario dijo:
-¡Hoy es el día!_gritó mientras le vitoreaban_ ¡Hoy es el día de nuestro primer sacrificio político!
Mire a Zack desconcertado y algo asustado. Él solo sonrió.
-Me complace presentaros a nuestro invitado especial, nuestro queridísimo presidente, ¡Mariano Rajoy!_continuó_Que ha querido acompañarnos en este día tan especial.
Todos rieron a carcajadas mientras subían a un hombre amordazado y maniatado al escenario. Al principio creí que se trataba de una broma, pero cuando el foco iluminó su rostro... ¡Era él, el presidente en persona! Estaba visiblemente aterrorizado y al principio me dio algo de pena, pero después recordé todo lo que había hecho y este sentimiento se esfumó. Llego a nosotros aquel misterioso repartidor, dándonos a elegir entre botellas de cristal vacías o piedras puntiagudas. Sonreí mientras cargaba mis bolsillos con aquellos proyectiles, al igual que mis dos amigos y las chicas que nos acompañaban. Las consecuencias de aquello no me preocupaban, ya que la policía no encontraría jamás aquel cuartel subterráneo, por lo que me sentí mejor que nunca al saber que aquel despreciable político corrupto iba a morir de una forma tan extremadamente dolorosa; me asustó mi propia frialdad. Lo arrodillaron en el escenario, lo ataron con unos grilletes preparados para la ocasión y despejaron esa zona para empezar la función. Todos estaban impacientes y algunos se adelantaron al aviso, entonces todo se descontroló, se meó encima mientras intentaba suplicar a través de la mordaza y cayó sobre él una lluvia de piedras, cadenas y cristales, para el deleite de todos los presentes. Al poco tiempo apenas se podía ver una pierna o un brazo sobresalir de aquel mar de escombros, mas solo quedó de el un charco de huesos y sangre que se extendía por todo el escenario. Carlos, más puesto aún que antes, se había quedado sin proyectiles, por lo que empezó a buscar hasta que encontró un cóctel molotov. Antes de que pudiera pararle, lo lanzó encendido al escenario y el caos del incendio se coló en la sala. Todos se agolpaban en las puertas cerradas a cal y canto, intentando abrirlas a patadas y empujones sin resultado. El fuego se propagó rápidamente, se veían ya cadáveres incinerados por todas partes, gente que se suicidaba para no morir abrasado, otros aún intentaban escapar, pero era inútil. Nosotros lo sabíamos y permanecimos sentados en una placentera resignación, brindando con lágrimas en los ojos. Porque yo, al menos, podía morirme tranquilo después de saber que aquel bulto de carne picada que yacía bajo las piedras, no volvería a ver las calles del país que destrozó. Ni de ningún otro.