sábado, 26 de abril de 2014

Las cloacas del infierno

Nos reunieron a todos los residentes en el ático. Digo residentes aun sabiendo que estábamos prisioneros en aquel lugar desde el día en que nos trajeron nuestros padres, que hartos de soportar rabietas y travesuras, nos atribuyeron una especie de alianza con satanás y se deshicieron de nosotros lo mejor que pudieron. Aquel lugar estaba tan pulcro y ordenado que hasta daba asco mirar tu reflejo en el suelo, ya que estropeaba aquella cercanía a la perfección que tanto se empeñaban en aparentar. Todos estábamos bastante nerviosos, ya que si nos reunían allí, era porque alguien la había cagado y a ese alguien no le esperaba nada bueno; en los reformatorios católicos de nada sirve confesar y arrepentirse, por mucho que así lo hagan creer para cazar al culpable de la fechoría cometida. Nos observábamos en silencio, algunos sudaban a chorros, otros no levantaban la vista del suelo y por último estaban los que, como yo, les dirigían firmes miradas a los curas en clave de asesino en serie. Nos tenían en dos filas, mirando al frente y de espaldas a la pared, mientras, uno de ellos se paseaba de un lado a otro de la habitación observando de cerca a cada uno de los posibles culpables, farfullando algo incomprensible. A aquel hombre bajito, de complexión fuerte, mirada estricta y eterno ceño fruncido, le llamábamos "San Guinario", porque era el inventor de los castigos físicos más crueles de la historia de aquel lugar, irónicamente alejado de la mano de Dios.  Al poco rato se encontraba frente a mí. Yo no apartaba la mirada como todos los demás, y si había algo que molestaba a los "Funcionarios del Señor" eran los insumisos, los que se resisten a ser un borrego más del rebaño. Me abofeteó sin previo aviso; no reaccioné. Si reaccionas le das el pretexto para seguir y él, precisamente, disfrutaba haciéndolo; no iba a darle ese placer. Seguí con la mirada clavada en la suya, con una expresión inefable en el rostro y soportando bofetada tras bofetada sin mover ni un solo músculo, después de diez minutos de tortura silenciosa, sonreí. Le hizo falta apenas un leve movimiento para que dos curas mucho más jóvenes y fuertes se lanzaran sobre mí y me llevaran al sótano. Nadie salía ileso de aquel sótano: unos venían con moratones negros por todas partes -excepto las visibles en público, quiero decir, vestido- otros llegaban con más de un hueso roto o descolocado, otros con arañazos y cortes sangrantes, etc. Lo único que se repetía en todos ellos, era el rostro desfigurado por el miedo. Volvían aterrorizados, sudados y algunos meaban sangre o se cagaban encima, pero a los curas poco les importaba, los dejaban así días, a algunos incluso semanas con tal de que les salieran erupciones y se lo pensaran dos veces antes de ensuciar otra vez aquel brillante suelo de mármol que tanto les costaba mantener. Contaban cosas horribles de allí abajo, pero como ya he dicho, yo no era como los demás, poco me importaba si me mataban allí mismo; no tenía nada mejor que hacer. Todos mis compañeros de prisión permanecían en silencio, como hasta ahora, mirando como me llevaban al peor sitio imaginable sin intentar siquiera señalar al verdadero culpable, aunque quizás no existía tal culpable y yo solo era el muñeco de pruebas para los nuevos jueguecitos de San Griento.
Cuando llegué a las cloacas de aquel infierno cubierto de cruces, solo encontré una sala vacía con un potro metálico y varias cadenas soldadas a él. Había un olor extraño a muerte, orín y desinfectante que me hizo estornudar continuamente, además de un extraño traqueteo procedente de las entrañas del subsuelo. No le dí más importancia. Me desnudaron y me pusieron el pecho contra el frío metal del potro, después me sujetaron por las piernas y los brazos, los estiraron hasta que la mueca de dolor les indicó el punto justo y después colocaron un enorme espejo frente a mí. Al cabo de un rato ví aparecer por el espejo la imagen de San Griento, iba descalzo, sonriente y con un extraño traje impermeable. Se acercaba pausadamente, disfrutando de la incertidumbre que me carcomía, sacando lentamente las manos de los bolsillos. Se quitó la cruz de madera que colgaba de su cuello y se la dio a uno de aquellos curas sin nombre de miradas vacías, que observaban la escena con su mejor cara de poker, uno a cada lado del artilugio donde me habían inmovilizado. Uno de ellos me amordazó, mientras el otro le daba unas tenazas y unas tijeras a aquel cura sin escrúpulos que se regocijaba en su poder. Después empezó a hablar:
-Si hay algo que no soportamos aquí, son los listillos y los arrogantes, ya deberías saberlo. Lo que no sabes es lo que hacemos con ellos cuando se pasan de listos, y cuando digo lo que  hacemos, digo lo que HAGO con ellos_ Dijo todo esto sin borrar esa sádica sonrisa de su rostro_ Pero no te preocupes, pronto lo sabrás.
Los dos monigotes de sotana continuaban impasibles, hasta que un gesto los hizo venir hacia mí y agarrarme con fuerza una nalga cada uno. <<¡MARICONES DE MIERDA, SOLTADME EL CULO!>> quise gritar, pero el grito murió en la mordaza. Entonces, aquel cura viejo y arrugado se quitó el impermeable y se quedó totalmente desnudo, dejando al aire una pierna de más. Empecé a gritar y suplicar, algo que no había hecho en mi vida, pero solo sirvió para ayudarle a empalmarse. Me violó durante cuarenta y cinco minutos eternos en los que el culo me ardía como si me hubieran encendido una hoguera dentro, pero lo peor de todo era ver como lo hacía a través del espejo, ya que los otros me mantuvieron los ojos abiertos durante todo el calvario. Cuando acabó,  los otros dos le limpiaron aquella cosa con unas toallas húmedas y pensé que por fin podría salir de allí. No me di cuenta de mi error hasta notar las tenazas sujetando mis testículos y oí el crujir de tijeras que me los separó del cuerpo. Supongo que me desmayé al instante, porque no recuerdo nada más hasta que me desperté encerrado en mi celda, sobre mi camastro con la herida cauterizada y vendada. Grité durante días, intenté suicidarme varias veces, por lo que después del tercer intento dejaron de traerme comida en platos y me la tiraban al suelo. Cuando pude volver con los demás y vi sus caras, supe que tenía esa misma expresión de la que tanto me había burlado antaño. También ahora sé porque los que volvían no se atrevían a hablar: sus voces no serían más que un chirrido odioso que les recordaría el sonido de las cadenas del potro agitándose con las embestidas. A partir de aquel día estuve inmerso en una especie de trance psicótico que no me dejaba dormir, pero me hacía soñar despierto; más bien tener pesadillas diurnas.
Después de cuatro largos años, por fin pude salir de aquel lugar, pero todo lo que era antes de entrar se quedó allí, como un prisionero eterno e invisible que de vez en cuando me saludaba desde mis recuerdos. Durante algún tiempo me dediqué a vivir en la calle, más tarde me hice vendedor de seguros, alquilé un apartamento en una zona de los barrios bajos y, por último, entré en un seminario y me propuse servir al Señor por un salario miserable, pero suficiente para la vida austera que llevaba. Hablaba muy poco, solo para hacer mis oraciones en voz baja y cuando me era estrictamente necesario, mas no hace falta decir que el voto de castidad lo cumpliría aunque mis intenciones fuesen otras; no me quedaba otra elección. Esperé, recé e hice todo lo posible por que me enviaran a mis orígenes -al final, uno se acostumbra al olor del azufre si vive lo suficiente en el infierno- y aunque no puse muchas esperanzas en que se cumpliera mi deseo, así fue.
Al contrario de lo que pensaba, casi todo había cambiado por allí: el suelo, antes de mármol brillante, ahora estaba cubierto de una capa de roña ennegrecida; las paredes tenían ahora miles de crucifijos pintados al fresco, de todos los colores, tamaños y posiciones; y los curas ahora eran todos jóvenes luciendo una sonrisilla aceitosa e ignorante que daba ganas de arrancárselas a golpes. Me quedé muy decepcionado con todo aquello y estaba a punto de presentar mi excomunión, cuando de repente, al girar la cabeza por última vez, vi a un hombre de una ínfima estatura mirándome desdeñosamente a pocos metros de donde estaba. Me acerqué un poco más y me dijo: <<¿Eres el nuevo? Por fin me traen uno sin cara de gilipollas, ven por aquí>> No pude hacer más que sonreír y seguirle hasta su despacho. Una vez allí, me observó en silencio durante largo rato, luego se presentó con un ridículo nombre bíblico que no ni puedo ni me interesa recordar, pero lo que él no sabía es que yo ya lo conocía, aunque por un nombre muy distinto. Cuando terminó de soltarme el galimatías inicial de las normas y jerarquía del centro, ya en la puerta apunto de salir, me agaché para besarle el anillo. Él me tendió la mano gratamente sorprendido y yo, aprovechando la ocasión, cogí el bate de béisbol que tenía en el interior de la sotana y le aticé en la rodilla derecha, que crujió fuertemente para el deleite de mis oídos. Antes de que gritara le metí un calcetín en la boca y la tapé con cinta adhesiva, al mismo tiempo lo puse sobre el escritorio y le sujeté las piernas. En su mirada se leía un miedo inexplicable a cualquiera que no lo haya sentido, pero yo si lo sabía muy bien. Encajé el principio del bate en el orificio -y con el principio me refiero a la parte mas ancha- comprobé el ángulo, me alejé para coger impulso y se lo introduje entero de una sola patada por su apestoso culo beato, notando el crujir de sus entrañas a través del golpe. Noté un cosquilleo de placer y cómo aquella paz interior de la que tanto había oído hablar me recorría todo el cuerpo. Suspiré aliviado y salí de allí con la mayor y más sincera de las sonrisas posibles.