lunes, 3 de marzo de 2014

El Placer de lo Invisible (Cap.12)

Mi exmujer rescató el cuerpo tiritante que yacía bajo las mantas, a la vez que decía:
-Tranquilo, soy yo. ¿Me reconoces?
No me atreví a responder. La desconfianza se había instalado en mi corazón sin expectativas de buscar un lugar más limpio donde vivir. Desanclé unas palabras de mi garganta para mascullar:
-Ya no me reconozco ni a mí mismo.
En realidad la recordaba perfectamente, esa voz curtida en la soledad, que antaño manchaba su personalidad de trazos más sensuales aún que su cuerpo adornado con ese olor intenso y suave que desprendía, era inolvidable; aunque imaginé que no sería el mismo cuerpo que yo recordaba. Me sorprendí pensando en ésto ya que, no hace mucho, la había cambiado -o al menos, lo había intentado- por aquella cantante con la belleza audible de una voz maldita. Ella, mientras tanto, deslizaba sus lágrimas entre la retahíla de autoreproches y palabras del tipo <<Nunca debí dejarte solo en esta situación; Soy una estúpida por culparte de algo que no llegó a ocurrir...>>. Yo la escuchaba en silencio como si no me importara, pero lo cierto es que se habían despertado en mí algunos sentimientos de los que ni siquiera podía recordar el nombre. Esperé a que se desahogara. Cuando terminó su monólogo salió de la habitación sin darme tiempo a decir nada, así que volví a enrollarme en las mantas para intentar dormir de nuevo y acallar mi autodestructivo diálogo interno, en el que las palabras amar y matar estaban peligrosamente cerca. Tenía miedo de mí mismo, de que aquellos delirios, que ahora eran voces lejanas en mi interior, acabaran por controlarme y nublarme el juicio para siempre. Pensé en contárselo todo a ella, en confesarle todas las acciones escabrosas y enfermizas que había cometido, pero entonces me asaltaban las preguntas: ¿Intentaría ayudarme o me mataría en un acceso de rabia?¿Llamaría a la policía?¿Me echaría de allí?¿Su amabilidad se tornaría miedo y aprensión? No. No podía decirle nada. Debía mantener el secreto envuelto en mi propia oscuridad; la máscara de la vulnerabilidad sería mi salvación o mi perdición. Mientras esta lluvia de ideas me sacudía el cráneo, noté otra presencia en la habitación, seguida de una aguja en el brazo y una pálida tiniebla que deshizo mi inquietud.
Aquellas voces lejanas sustituyeron mis pesadillas durante los días que permanecí en aquella habitación. A veces mantenían conversaciones sobre mí, otras veces charlaban entre ellos, lloraban, reían y se compadecían a mi alrededor. Unas llegaban para quedarse, otras solo estaban de paso, algunas me resultaban familiares y otras totalmente desconocidas. La única que nunca falló ni un solo día fue la de mi mujer. Aún no puedo recordar su nombre. Ninguno de los espectros sonoros que deambulaban a mi alrededor lo había pronunciado jamás, al menos en mi presencia, y llegó a convertirse en una obsesión para mí el descubrirlo. A veces, cuando estaba a punto de hacerlo, volvía a notar aquella aguja traicionera que me embarcaba en mi asiduo viaje a la oscuridad y al despertar intentaba gritar y recordar sin resultado. Por alguna extraña razón, cada día que pasaba allí tumbado oía mejor, pero al mismo tiempo disminuía mi capacidad para pronunciar hasta la palabra más sencilla. Estaba empezando a pensar que también habría de quedarme mudo para paliar la soledad de mi ceguera, y que por ello se agudizaba mi oído en compensación. En realidad no me importaba; ya nada lo hacía, excepto recuperar aquel recuerdo de las sombras.
Un día, mientras el sonido de la lluvia golpeando la ventana me mantenía distraído en buscarle un ritmo imaginario, algo que me resultaba bastante divertido, ese olor dulce e inconfundible me acompañó una vez más. Se sentó tan cerca que notaba el corazón en las sienes, acompañado de un extraño silbido digital al compás. Se acercó lentamente, acariciándome el cabello y me besó en la frente. Noté sus lágrimas recorriendo mi piel mientras el silbido aumentaba, se hacía ensordecedor. De pronto, un espasmo repentino y feroz me atravesó el cuerpo, acompañado de un intenso ardor y una luz cegadora, del blanco más puro que haya visto jamás.