domingo, 2 de marzo de 2014

El fin de la sequía.


Una mosca volaba libremente por una habitación de paredes rojas, buscando un lugar donde cobijarse del cansancio. Finalmente encontró la superficie zumbante de un ordenador portátil, en el que unas manos callosas tecleaban tan rápidamente como borraban lo escrito. Aquellas manos desaparecieron, mientras la mosca se frotaba las patas con aire placentero, pero no llegó a volver a posarlas, ya que cayó sobre ella toda la frustración de aquellos puños sedientos de palabras y así, su vida acabó en un crujido viscoso e imperceptible para Mike. En realidad se llamaba Miguel Ángel, pero nunca le gustó ese dichoso nombre. Se desperezó de una forma bastante exagerada, se rascó el cogote, que empezaba a mostrar calvas dispersas propias de una edad algo más avanzada que la suya, y se levantó de la silla que enfrentaba el escritorio, con aparente rabia. Sus pies descalzos se encogieron al toparse con una sustancia pegajosa que se mostraba en forma de una enorme mancha, que a su vez rodeaba una lata de cerveza casi fosilizada. Después de un hecho sin importancia en una vida sin importancia, llegó al frigorífico para quedar atrapado en su luz hipnótica, mientras pensaba que podía hacer con una lata de atún por la mitad, un bote lleno de vinagre en el que flotaban tres pepinillos y un paquete de salchichas dudosamente comestibles, ya que su color, de un morado ennegrecido, no inspiraba demasiada confianza. Acabó por meter las salchichas en el microondas y ponerlas en una servilleta. Las engulló, no sin cierta aprensión, antes de volver a aquel escritorio con la resignación del que camina hacia el patíbulo.
Aquella sequía creativa no fue la primera, ya que desde su primer libro hasta el segundo transcurrieron casi cinco años, pero si la más enervante. Su alcoholismo le llevaba a gastar más en bourbon barato que en comida, e incluso a menudo, cuando ésto no bastaba para calmar sus temblores, dejaba de pagar las cuotas de la luz y el gas. <<¡Malditos temblores! Ellos tienen la culpa de que no escriba, sí, eso es. Si me dejaran tranquilo, podría terminar mi novela de una vez y entonces ¡con qué buen whisky calmaría mi sed!¡Por fin dejaría este matarratas de garrafón que me destroza la garganta!>> se decía a diario, como para convencerse de ello. Al recordarlo, sacó de un cajón del escritorio la segunda garrafa de la semana y dio un larguísimo trago, que lo sumió en la espiral de tragos y autocompasión acostumbrada que, como siempre, acabó por dejarlo inconsciente sobre la tarima de madera podrida y mohosa.
Despertó, para su sorpresa, con el tacto liso y suave de las teclas en sus dedos, que le resultó agradable incluso acompañado por el sabor a vómito lo acompañaba por las mañanas. Miró la pantalla de su ordenador y se quedó asombrado, ¡había escrito algo por fin! Fulminó lo que restaba de la botella de un solo trago y empezó una ávida lectura que duró casi una hora. Mientras avanzaba en la historia se relamía los labios, pudiendo notar ya en ellos el sabor de ese buen whisky que compraría con lo que sacara de ella; era espectacular. Lo mejor que había escrito en toda su carrera, sin duda alguna. Una sonrisa de alegría delirante nació en su rostro.
En el relato se contaba una historia muy parecida a la suya: un escritor de éxito que no consigue escribir y vive en la inmundicia esperando que vuelvan a fluir las palabras, solo que en cierto momento es asesinado por un fan-acosador que no consigue dormir desde la publicación de su último libro por la incertidumbre del siguiente, que espera con una ansiedad obsesiva y enfermiza.
Volvió a sonreír mientras redactaba el correo con el primer capítulo para la editorial, cuando creyó oír un golpe en la ventana y se sobresaltó. No era nada. Aquella historia le había hecho mella, ya que era de un realismo espeluznante y él, de vez en cuando, recibía cartas de admiradores descontentos con la espera, que contenían amenazas bastante crudas. Necesitaba despejarse un poco. Abrió la única y chirriante ventana de la habitación, dejándose un rastro de óxido en las manos, que se limpió en el chándal que usaba como su segunda piel. Se quedo estupefacto al ver una mancha de sangre en el lugar donde se había desecho del óxido, ya que en el relato el personaje muere al desangrarse por una herida infringida mientras dormía, sin percatarse de ella hasta su angustioso final. Cuando miró esta curiosa mancha más de cerca, pensó que se estaba volviendo paranoico; sólo era el cadáver de una mosca aplastada. Se decidió a celebrarlo, buscando la tercera y última botella que guardaba bajo la cama. Después de la ya relatada espiral de alcohol y autocompasión, volvió a quedarse inconsciente, esta vez sobre la cama. Sus delirios sobre su cercanía con el relato se trasladaron al mundo de sus sueños, en forma de una horrenda pesadilla en la que aparecía la imagen de su acosador clavándole un destornillador en la pantorrilla y se despertó con un grito ensordecedor. Estaba empapado en sudor y tenía el corazón en estampida, mas se decidió a apagar sus inquietudes bajo un buen desayuno y una buena cerveza. Le dolía todo el cuerpo, no estaba acostumbrado a dormir en una cama, pero recorrió sin problemas el camino hacia el frigorífico. Se decidió por la media lata de atún que aún conservaba a pesar de su olor y cogió la última cerveza del fondo de la nevera. Terminado el pobre desayuno, se sentó frente al escritorio e intentó aprovechar su repentina creatividad de la noche anterior. Como no conseguía nada nuevo, intentó desarrollar el relato ya escrito y corregir las erratas que pudiera encontrar en él, por lo que, después de un vistazo rápido por la que iba a ser su obra maestra, se percató de que a pié de página, había algo que no recordaba haber visto en su anterior lectura: <<22/10/2010, 11:30 a.m. DEP>>. Se le heló la sangre en las venas; era la fecha de ese mismo día y sólo faltaban diez minutos para cumplir la hora exacta. ¿Qué significaría todo aquello?¿Quién había escrito esta macabra inscripción? Entonces, en un impulso se tocó la pierna derecha; no había sangre. Qué alivio. Se rascó entonces la pierna izquierda, a la altura de la pantorrilla y descubrió un líquido pegajoso que cubría su segunda piel. Corrió hacia la puerta para pedir ayuda, su pesadilla se había tornado realidad, pero justo antes de llegar a ella, ya casi sintiendo el frío metal del pomo en la mano, empezaron los temblores. ¡Malditos temblores! Entonces se tiró al suelo, riendo de forma psicótica, mientras los espasmos que el mismo se había ganado a causa del alcohol ayudaban a acelerar su muerte. Poco a poco se fue nublando su vista, a la vez que su sangre se mezclaba con aquella mancha pegajosa que rodeaba la cerveza fosilizada y él, en su último suspiro, sintió de nuevo el sabor en los labios de ese buen whisky que nunca llegaría a tomar.