jueves, 27 de febrero de 2014

Efímero, intenso, eterno.

El eco de la lluvia acariciando las ventanas era lo único que demostraba que el tiempo seguía su curso. Un tenue rayo de luz plateada atravesaba la ventana, dibujando dos siluetas que poco a poco se disfrazaban de piel la una a la otra. Sintiéndose en un roce continuo, se despertaron sus instintos animales bajo una fina pátina de sudor que los hacía deslizarse en movimientos salvajes e incontrolables. Él devoraba cada centímetro de su cuerpo, mientras ella lo atraía con fuerza hacia su interior clavándole las uñas en la espalda, en un arrebato de placer inexplicable que delataba un orgasmo tan intenso como la tormenta que arreciaba en el exterior. Y así pasaron las horas inadvertidas de aquella noche eterna de sexo salvaje, en el que hasta el fulgor del amanecer pasó desapercibido.