domingo, 5 de enero de 2014

La Cartera

Aquel bar me estaba dando náuseas. El olor del orín de cientos de borrachos manaba a bocanadas del baño, donde me encontraba vomitando por tercera vez consecutiva. No sé si fue la situación en aquella cripta de podredumbre, el puñado de bicodina que me tomé al salir, o la marea de whisky y cerveza que intentaba arrastrarme consigo, pero me sentía como si me hubieran digerido y vomitado a mí. Otra arcada barrió mis pensamientos y volví al ritual. Me levanté como pude y tiré de la cadena, intentando no hacer mucho caso a las salpicaduras de sangre que daban un toque de color a mis entrañas esparcidas por el váter. Tanteé la pared en busca del papel higiénico, si es que en aquel lugar esa palabra podía ser pronunciada con integridad, sin encontrar nada. Salí tambaleándome camino de la barra, donde me esperaban la mirada repulsiva del camarero, una discusión de dos imbéciles sobre quién era el mejor futbolista de todos los tiempos, y una prostituta al otro lado de la barra que fumaba con aires de grandeza y elegancia. Se le distinguía la nuez a la legua, aunque no parecía importarle a aquel tipo que le manoseaba los pechos. Parecía contento. Sin haber abierto la boca, aparecieron ante mí la copa y la cerveza que tenía en mente, aunque en realidad no tenía ni idea de si podría pagarlo. Me asustaba mirar mi cartera; casi nunca traía buenas noticias. Las apuré casi sin pestañear. Se oyó un estruendo en alguna parte y solo pude ver a la prostituta en el suelo, al tipo que la manoseaba salir blasfemando con cara de ser devorado por las náuseas, a los imbéciles reírse a carcajadas mientras hacían ingeniosos comentarios sobre la escena y al camarero lucir su mejor cara de poker, a la vez que ayudaba a levantarse, con aparente desgana, al travesti malhumorado y amoratado que yacía en el suelo. Había dejado un rastro de sangre en la moqueta; aquel cabrón le había dado con ganas. Se sentó a mi lado y pidió dos copas, me ofreció una que acepté sin pensarlo.
-Oye, ¿te apetece una mamada?_dijo bruscamente.
-La verdad es que no estoy muy bien de dinero últimamente_comenté, intentando suavizar la negativa, aunque fuera cierto.
-Vamos, te haré una rebaja porque estás bastante bien para tu edad.
-Sabes como castrar a un hombre, eso me gusta. Está bien, ve al baño, pago y te sigo.
-Sabía que entrarías en razón, ¿quién rechaza una mamada un sábado por la noche?
-Tienes razón.
Se fue con media sonrisa, literalmente, le faltaban la mitad de los dientes. Llamé al camarero con un gesto y éste acudió desganado. Le dije que aquella señorita que acababa de entrar en el baño, había sido tan amable de invitarme a todo lo que había bebido aquella noche y que me había dado el recado de apuntarlo en su cuenta. En contra de todas mis espectativas, se lo tragó. Salí de allí, dejando a aquellos que quedaban en su eterna discusión futbolística, y me encaminé hacia mi casa. Miré la cartera; no había un solo céntimo. Sonreí con malicia, mientras me alejaba tambaleante, pensando en cuánto tiempo tardaría aquel travesti desdentado en darse cuenta del engaño.