sábado, 7 de diciembre de 2013

El Placer de lo Invisible (Capítulo 11)


La caída de un carámbano sobre mi pecho me devolvió a la realidad. El frío se había hecho insoportable durante la mañana, como indicaba el entumecimiento extremo que sentía. Me sentía casi como si estuviera desnudo. Estaba desnudo. Al intentar preguntarle el por qué a Steve no obtuve respuesta, lo que me hizo notar que había desaparecido y entonces todo comenzó a encajar: Ningún adicto a la heroína me hubiera regalado parte de su última dosis sin recibir nada a cambio. Aprovechó mi desesperación para ofrecerme su amistad y ayuda, haciéndome confiar ciegamente en él; nunca mejor dicho. Después me ofreció la cura al ardor de la culpa que anidaba en mi cráneo, ya que supongo que tenía cara de necesitarlo. Esperó a que el opiáceo hiciera su efecto -si es que no fue un placebo- y emprendió el robo silencioso de todas las pertenencias de un ciego dormido. No creo que exista ningún acto más rastrero y mezquino. Me levanté gritando de frío y rabia. Al principio casi no podía moverme debido a la hipotermia, pero mi corazón empezó a bombear el odio acumulado a través de las arterias y empecé a notar su confortable adversidad calentando mis músculos y desgarrando mi garganta. Grité durante horas, golpeando las paredes con mis manos desnudas hasta hacerlas sangrar mientras caminaba nerviosamente de un lado del callejón al otro, como si estuviera a punto de estallar. De repente, noté que me faltaba el aire, no conseguía inhalar ni una triste bocanada mientras se vaciaban mis pulmones. Antes de caer al suelo me pareció ver como se acercaba una extraña sombra, que yo creí la muerte que venía a saludarme.
Durante mi inconsciencia me asaltó de nuevo aquella pesadilla. Lo extraño es que, lejos de asediarme, aquellas terribles imágenes me reconfortaban en cierto modo, ya que eran las únicas que vería en mi vida a menos que se perfeccionase el trasplante del globo ocular, lo cual veo de una dificultad que roza lo utópico. No puedo evitar una sonrisa irónica y cargada de tristeza cada vez que uso el verbo "ver" aún con la obviedad del sentido figurado. En esta ocasión, Steve se coló en la pesadilla. Robaba los ojos perdidos de todas las "Stephs" que yacían en aquel paraje antes de que cobraran vida de nuevo, para exprimirlos e inyectárselos al tiempo que los recogía, aunque la ceguera no paliaba el odio eterno que me profesaban, ya que se lanzaban en masa a despedazarme en cuanto despertaban. Él se disipaba con la fugacidad del humo en la niebla y yo, harto de intentar escapar, me adentraba en aquella horda de cadáveres sedientos de venganza. Pero entonces volvían a quedarse inmóviles e impotentes, cuando la imagen de mi perdición hacía su entrada para sacarme los ojos. Me estremecí, ya que en esta ocasión era una imagen sin rostro, una silueta siniestra, sin identidad. De cualquier forma yo sabía que era ella, o al menos, necesitaba creer que así era.
¿Estoy muerto? es la pregunta que acompañó al café aquella mañana, si es que era de día. Me hice dicha pregunta al despertar vestido, bajo el peso de casi una docena de mantas y sabanas limpias. Desprendían un fresco olor a limón, que se mezclaba con el del café recién hecho que esperaba en una mesa junto a la cama, el cual estuve a punto de tirar por las ansias que me poseyeron al buscarlo a tientas por ella. Si no estoy muerto, ¿dónde estoy? fue la segunda pregunta que me hice, cuando la cafeína despejó un poco los sentidos que aún me quedaban. Empecé a reconocer la habitación como aprendí en el hospital; a base de golpes. Había algo en aquel lugar que me resultaba bastante familiar. Cuando me disponía a abrir la puerta para aventurarme más allá, oí unos pasos que se acercaban hacia ella desde el otro lado. Busqué torpe y rápidamente la cama, para volver a entrar de una salto y así hacer creer a quienquiera que fuese que seguía dormido e intentar reconocer su voz o, en caso de no hacerlo, averiguar sus intenciones para conmigo. Mientras aguardaba a que aquellos pasos cruzasen el umbral de la puerta, empecé a pensar en lo enfermizo que se tornaba mi subconsciente a través del espejo de mis sueños, haciendo tangible el fin del trayecto en mi viaje a la locura. Mis mandíbulas se apretaron con la fuerza de presas hidráulicas, cuando se oyó el crujir metálico del pomo girando sobre sí y noté una presencia clavando su mirada en aquel bulto que tiritaba entre las mantas, fuera de frío o incertidumbre, mientras los pasos se seguían acercando.