viernes, 22 de noviembre de 2013

Los Ojos Verdes


Aquella chica con la cabeza gacha, miraba sus pies con la expresión intensa del que duda del camino a seguir. Su mirada reflejaba la angustia de la soledad recorriendo las mareas de otro tiempo, cuando todo era más fácil. El tren aullaba sobre el óxido de los raíles, mientras el gentío se mantenía ocupado en las trivialidades del trabajo y la rutina. Yo me mantenía pensativo y observador, contemplando en silencio cada historia que aquella imagen me contaba. Suspiré. La siguiente parada era la mía y no podía soportar la ácida curiosidad que me carcomía. Me levanté con el rubor cubriendo mis mejillas, pues siempre fui bastante tímido y reservado, para acercarme pausadamente hasta aquellos ojos verdes e indecisos. Me senté a su lado; muy cerca. Tan cerca que podía oír las lágrimas caer en picado para acabar estrelladas contra el suelo. Intenté decir algo, pero el nudo de mi estómago apresaba con fuerza las palabras en mi garganta y, antes de que pudiera liberarlas, ella desapareció tras la puerta metálica que se cerraba tras ella. Sabía que era mi parada, pero no le dí importancia en aquel momento. Supongo que el ardor de la duda nublaba mi juicio. Levanté la cabeza para paliar la soledad entre el murmullo incesante de los raíles, encontrando así las distraidas miradas de los nuevos habitantes de aquel vagón. La luz se filtraba y jugueteaba, reflejándose en las paredes de aluminio, mientras mi cordura seguía enfrascada en aquellos ojos verdes, cuando de repente... Gritos, oscuridad y llantos entraron unos segundos en el vagón, que estaba girando sobre sí mismo separado de las guías.

La verdad es que por desgracia, amigo lector, esta historia nunca fue contada, al igual que otras muchas historias que dieron a su fin en aquel viaje en tren del 24 de Julio en Santiago de Compostela.

Aquellos ojos verdes, divisaron la tragedia en la lejanía y aún hoy lloran por su suerte.