domingo, 17 de noviembre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 10)

A la mañana siguiente, me despertó el olor pútrido de la descomposición llamando a la puerta de mis sentidos. Al vestirme, la ropa casi me impedía andar con normalidad, debido al peso que ejercía aquel viscoso líquido que la acompañaba. Volví a desnudarme aún con las lágrimas deslizándose lentamente por mis mejillas, lo que me hizo recordar la pesadilla que sufrí el día anterior. El recuerdo llevó al trauma; el trauma a la demencia; la demencia a la locura.
Bajé al sótano, con la determinación de acabar con aquel problema de una vez por todas, tiré al suelo bruscamente lo que quedaba de Steph y recorrí la habitación buscando el lugar más seguro. Palpé cada ladrillo hasta dar con el hueco adecuado y con ayuda del martillo lo ensanché a mi gusto. Agarré el cuerpo por las extremidades -el resto aún quedaba envuelto en la alfombra- lo balanceé un poco y lo lancé al interior de aquel agujero donde mi secreto quedaría sepultado con la que una vez fue mi amada. Lo tapé con precaución y regresé al piso superior, donde el agua caliente resbaló por mis delirios mientras me duchaba.
Los meses pasaron a través de los días. La puerta crujía bajo los nudillos de los visitantes que, después de cierto tiempo sin respuesta, desistían y se marchaban, mientras sus sospechas crecían al son de la espesa barba que cubría mi rostro. Permanecí escondido, sobrevivendo de las sobras que quedaban en las bolsas de basura, hasta que cierto día, un estruendo me hizo saber que no estaba solo. Dudando de la realidad, mantuve la respiración hasta oír los gritos y el sonido de unos pasos que se acercaban. Salté por la ventana que daba al patio trasero sin reparar en la altura que me separaba del suelo. Crack. Algo se había roto en mi interior, pero no tenía tiempo para conversar con el dolor. Arrastré tras de mí el trozo de pierna muerta que colgaba de mi rodilla por toda la calle, con la certeza de que alguien iba tras mis pasos. Empecé a cambiar de dirección sin sentido para intentar perderlo y acabé perdiéndome. Tropecé con un bulto que emitió un gruñido, cayendo de bruces sobre él. Me quedé paralizado, exhausto, buscando una bocanada de aire furtiva que aliviara el ardor de mis pulmones. El trote de mi perseguidor se alejó por la calle contigua y, al fin, respiré. Aquel bulto con el que había tropezado empezó a moverse, exhalando un murmullo ininteligible. Me apartó de un golpe para incorporarse.
-Eh, tío, que coño crees que haces_dijo, rompiendo a toser terriblemente. Había algo en su voz que me resultaba familiar.
-La pregunta es, ¿qué coño haces tú tirado en medio de la calle?_estas palabras manaron de la herida de mi orgullo.
-Joder...¿Crawn? No me lo puedo creer_dijo entre risas y siguió tosiendo como si fuera a vomitar los pulmones_ estás hecho una mierda.
-Pues anda que tú. ¿Te conozco?
Resulta que sí lo conocía. Aquel vagabundo era Steve, un antiguo compañero de la facultad que utilizaba sus dotes empresariales para vender estimulantes en la época de exámenes a los niños ricos de las residencias. Su padre era farmacéutico, por lo que no le costaba mucho reponer existencias. Según me contó, fue un próspero negocio durante los años en los que no consumía, hasta que su madre cultivó un cáncer en silencio y ésto acabó matándola. Para Steve fue un golpe tremendo, por lo que empezó a probar de su propia medicina. Al principio solo los fines de semana, más tarde acabó gastándose todo su dinero en otras drogas que vendían los demás camellos del campus. Su padre empezó a paliar el dolor con el trabajo, de forma casi obsesiva, y al hacer revisión de inventario tras largos años de descontrol, se dio cuenta de lo que pasaba y echó a Steve de casa. Él, sin dinero y con una creciente adicción que lo consumía cual cigarrillo a la intemperie, acabó cambiando los calmantes por la heroína y sucumbiendo a cambiar favores sexuales por dicho opiáceo.
Tras este resumen de su historia, dijo que le tocaba desayunar. Con la imagen de la comida dibujada en mis sentidos, se me hizo la boca agua y mi estómago lanzó un rugido descomunal. No me dí cuenta de lo equivocado que estaba hasta que me hizo sostener aquella jeringuilla mientras él preparaba la dosis. Al preguntarme si quería compartirla, al principio me negué rotundamente, pero cuando todos los acontecimientos acaecidos me pasaron por la cabeza, quise sepultar mi ansiedad con cualquier cosa <<Una vez no me hará daño>> pensé. Estaba aún más equivocado que antes. Me dijo que todo estaba dispuesto y me deshice en preguntas, él solo repetía <<Tranquilo, todo irá bien>>. Siguiendo sus instrucciones, me quité el cordón del zapato y lo sostuve con fuerza alrededor de mi brazo. Noté la aguja mordiéndome la piel. Solté el cordón que cortaba el riego de sangre y él apretó la jeringuilla para inyectar aquel líquido viscoso. Un escalofrío se tornó sonrisa. Noté cómo cada fibra de mi cuerpo se estremecía de placer debatiéndose con la amargura que me corroía; solo podría explicarse como una caricia lamiendo mis heridas incurables. Después, oscuridad y silencio.