martes, 1 de octubre de 2013

Páginas Perdidas (Parte 2/5)


El apartamento del agente Oswell era el ejemplo perfecto del maniático del orden; rezumaba a desinfectante y no había una sola mota de polvo en sus sesenta metros cuadrados. Las novelas policíacas llenaban las paredes por orden alfabético y unos discos de los años ochenta se apilaban por decenas en mesitas de roble macizo. Solo había una imperfección en aquel santuario de la pulcritud: entre las estanterías se apreciaba un vacío antiestético para alguien como él, del que goteaba un rayo de luz casi imperceptible a través del hueco que en algún momento fue el alojamiento de algún tipo de proyectil. Este lugar me daba escalofríos, teniendo en cuenta que mi apartamento, en comparación, es un nido de ratas antropófagas con un caótico gusto para la decoración. Salió del baño y por un momento me dirigió una mirada que rezumaba desconfianza, que en pocos segundos se tornó ingenuidad y cordialidad. Me apartó suavemente de aquel curioso desperfecto y dijo:

-Debemos irnos, esas putas no se atrapan solas.

El coche patrulla que nos transportaba hacia el rutinario registro de aquel motel de mala muerte, se deslizaba traqueteando por las calles sin asfaltar que precedían a dicho hospicio. El interior estaba envuelto en el humo de la pipa de mi compañero, la cual estaba adherida a sus labios desde que le conocí, mezclado con el efusivo olor a sudor concentrado que manaba de mi viejo uniforme. Mi estómago se debatía entre las náuseas y el nerviosismo, nacido del pensamiento de poder ser ascendido en pocos días, en caso de que el Sargento no superase la mesa del quirófano tras el atentado contra su vida en su última investigación. Absorto en ésta idea, se me escapó entre los dedos la percepción del tiempo y cuando quise darme cuenta ya estábamos frente a aquella herrumbrosa construcción, que parecía bombardeada por el paso de los años. Antes de apearnos, decidimos urdir una estrategia para prevenir la fuga de algún sospechoso, lo que llevó a mi compañero a apostarse en la parte trasera del edificio, donde las ventanas podían servir de escapatoria a cualquiera que lo necesitase. Yo, por mi parte, subí pausadamente la escalera principal y, pistola en mano, arranqué la primera puerta de sus goznes de una patada. Nada. Estaba a punto de pasar a la siguiente, cuando de repente oí un bramido <<¡Agente herido, sospechoso a la fuga, pidan refuerzos!>>. Sin tiempo para pensar, salté por la ventana de la segunda habitación, atravesando la puerta a mi paso. Caí de bruces sobre el suelo del otro lado, encontrando así la cara sangrante de mi compañero, señalando una figura tan lejana y veloz que resultaba inalcanzable en nuestra situación. Concluimos en dar aviso inmediatamente e inspeccionar el habitáculo del sospechoso, para determinar la razón de su huida. Con la adrenalina cegándome tras el incidente, no reparé en el cuerpo inerte que yacía en la bañera; ni en el agujero de su cráneo; ni en los sesos pegados en la pared posterior que evidenciaban la causa de la muerte. Al voltear el cuerpo para proceder a identificarlo, me estremecí. El corazón me hubiera salido disparado por la garganta de no ser por el nudo que había en ella. El recuerdo nublado de la noche anterior se hizo patente y, por primera vez para mi memoria, real. Salí del ensimismamiento y empecé a buscar desesperadamente entre su ropa; en el baño; en el piso...Nada. Después de vomitar, renové la demanda de refuerzos y la orden de busca y captura, con la petición de efectuar registro e interrogatorio yo mismo. <<Ese maldito imbécil no sabe lo que tiene entre manos>> .