miércoles, 23 de octubre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 9)

Cientos de ideas absurdas me pasaron por la cabeza en apenas unas milésimas de segundo, intentando encontrar entre ellas la excusa que me sacara del apuro. Ninguna llegaba a convencerme y el timbre seguía sonando, <<Ding-dong>>, me sentía perdido como un niño en una tienda de juguetes, que solo puede escoger uno entre todos los que llaman su atención, con la diferencia de que mi elección podía costarme la vida. La situación empeoraba, el aire se hacía más espeso a mi alrededor, <<Ding-dong>>, como si estuviera gastando mis últimas bocanadas de oxígeno antes de morir asfixiado por las toneladas de mentiras que se agolpaban en mi mente. Me acerqué despacio, casi sin separar los pies del suelo, al sonido del timbre que se hacía atronador a cada paso, <<Ding-dong>>, el tiempo se acababa. Deslicé mi mano por la puerta de madera raída, notando los nudos y rugosidades al paso, hasta llegar al picaporte. El gélido aluminio de este, me produjo un escalofrío que recorrió mi cuerpo de un lado a otro como una corriente eléctrica sin control. Click. La puerta se abrió levemente con un crujido al quitar el pestillo. Una gota de sudor resbaló desde mi frente al picaporte mientras el corazón se me paraba al oir al otro lado la voz de Carl, diciendo:
-Buenas tardes, ¿está lista Steph?
-Llegas tarde..._dije sin pensar.
-¿A que te refieres?_en su voz había un hilo de desconfianza.
-Ha salido hace un momento.
-Pero había quedado en recogerla aquí a las seis.
-Si, es cierto. Me dio un recado para ti, dijo que iba a ver a... Gynger. Sí, eso es, dijo que estaba enferma_recordé la voz de Steph pronunciando su nombre, pero no sabía bien de quién se trataba.
-Ah, si. Me comentó que Gynger estaba de baja temporal. Bueno, dígale que me llame cuando vuelva, siento las molestias.
-Adiós.
Cerré de un portazo antes de que se le ocurriera cualquier otra pregunta que el azar o la casualidad no pudiesen responder. Me había salvado por los pelos gracias a la historia que me contó Stephany, de cómo me encontró por equivocación en Bloody-Island al ir por el pasillo que frecuentaba su compañera ausente. A veces resulta increíble las piezas que el cerebro humano es capaz de encajar en momentos de presión.
Mi preocupación se centraba entonces en hacer desaparecer cualquier rastro de la muerte de Steph, para que todos su allegados la creyeran viva, al menos hasta poder destruir las pruebas y agenciarme una coartada decente. Saqué el cuerpo del armario, acompañado por el chapoteo de mis pies sobre el charco de sangre que se extendía ante la puerta, y desenrollé la alfombra que lo tapaba con el máximo cuidado posible. Me emborraché una vez más del tacto de su piel mientras la desnudaba, acariciando cada curva con la punta de mis dedos, haciendo que mi vello se erizara como agujas de placer. Al rozar sus labios no pude contenerme; la besé. Me quité la ropa desenfrenadamente sin saber muy bien por qué lo hacía, así cada pierna con mis manos, las aparté y penetré repetidamente su cuerpo frío y húmedo durante horas. Todo pasó casi como un sueño, como si no fuera consciente de lo que hacía mientras lo hacía, hasta que llegando al clímax le pasé una mano por detrás de la cabeza y la agarré por el pelo, llevándome una desagradable sorpresa. Se oyó un crujido, empecé a notar algo viscoso que salía del agujero que el martillo dejó en su cráneo y cómo un hedor repugnante invadía la habitación. El cerebro putrefacto de lo que antes era Steph, había resbalado por el agujero al meter los dedos en él por accidente. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, empecé a vomitar por todo el suelo hasta llegar a desmayarme sobre la ensangrentada alfombra, con unas lágrimas sordas cayendo por mis mejillas.