martes, 22 de octubre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 8)


Al cerrar la puerta del armario, me apoyé en ella con las manos tapándome la cara mientras caía lentamente hasta acabar sentado en el suelo. Un hilo pegajoso reptó pausadamente bajo mi mano, acumulándose, hasta convertirse en un gran charco de sangre. <<Idiota, idiota, idiota, idiota>> me repetía una y otra vez mientras el charco seguía en aumento y mi ropa pesaba cada vez más, empapada de remordimientos. En mi cabeza
, una voz me decía <<Se lo merecía, estaba jugando contigo, solo es una zorra menos en el mundo>>  y otra contestaba rápidamente <<Ella te salvó de una muerte segura, ¿así se lo pagas?>>. Empezaba a volverme loco. Todo comenzó a darme vueltas, se me nubló la vista, me sentía desvanecer, cuando oí el timbre y me levanté de un salto con el corazón en la garganta. Mientras me acercaba lentamente para intentar identificar la voz de aquel visitante inesperado e inoportuno, me di cuenta de que Stephany no era la única que sangraba, pues se habían saltado los puntos de sutura de la herida que me ardía en la pierna. Ahogué un grito, puse la oreja en la puerta y me pareció oír un suspiro entre la sinfonía de gotas de lluvia que resonaban en el asfalto y la ventanas. Una voz masculina atravesó las paredes de la casa:
-¡Steeeph!¡He encontrado uno de tus pendientes en el coche, ábreme, me estoy empapando!>>
Esperé unos segundos en silencio con la esperanza de que la creyera dormida, pero seguía allí. Normal, hace apenas diez minutos desde que se despidieron. Suspiré, deslicé el primer pestillo con un movimiento rápido mientras aguantaba el tirón con el que el hombre intentó entrar en la casa.
-Steph, soy yo. Déjame pasar.
-No soy Steph. Cualquier cosa que tengas que decirle puede esperar a mañana, ya está dormida_le dije, sacando la cabeza unos centímetros para oír mejor.
-¿Y tú quién coño eres?_dijo en un tono arrogante, que me hizo desear que fuera él el cadáver del armario.
-Su... hermano. ¿Te vas ya o llamo a la policía?_espeté, esperando que no se decantara por la segunda opción.
-Tranquilo, solo venía a devolverle esto_supongo que me ofreció el pendiente_ Oh, lo siento, no sabía que eras...soy Carl, el novio de Stephany.
-Me importa una mierda.
-Eh, no hace falta ser tan borde, ya me voy. Si no te importa, dile a tu hermana que mañana vendré a buscarla a las seis en punto.
-Sí, me importa.
Le cerré la puerta en las narices, tras lo que oí un tenue <<gilipollas>> procedente del otro lado. Ahora mi cerebro trabajaba en la excusa que habría de darle mañana cuando, por supuesto, Steph no se presente a la cita. Cojeé hasta la cocina, mientras ejercía presión sobre la herida sangrante, en busca de algo con lo que hacer un torniquete improvisado. Después de atarme con fuerza lo que al tacto parecía un paño sucio y andrajoso, cené e intenté dormir un poco para, de esta forma, pensar con más claridad al día siguiente sobre lo que debía hacer con el cuerpo del armario, antes de que quien lo echara en falta empezara a buscarlo.
Los sueños, son uno de esos placeres de lo invisible. No solo para los ciegos como yo, si no para cualquier persona, ya que la imagen que procesa su cerebro, por muy real que parezca, solo son trozos de su subconsciente que se unen intentado encontrarle sentido a su efímera existencia. Pero el sueño que tuve aquella noche no fue ni mucho menos un placer, sino todo lo contrario. En el sueño, yo aparecía como la última vez que me vi, pero con una especie de aura siniestra en la sonrisa que despuntaba en mi rostro. Paseaba con ella por una pradera de cadáveres en descomposición, hasta su hedor putrefacto parecía real, contemplando las miles de mujeres muertas que yacían bajo mis pies. Todas eran ella. Como siempre la había imaginado, con su melena rojiza cayendo majestuosamente sobre sus hombros y sus ojos...eran dos cuencas vacías. De repente, todas se levantaron y empezaron a correr hacia mí, ciegas de rabia, chocando unas con otras en una marea sangrienta. La sonrisa malévola desapareció de mi rostro de un plumazo e intente correr, sin resultado. No conseguía moverme del sitio por mucho que lo intentara, ellas se acercaban cada vez más con la determinación de despedazarme como poco, pero entonces, de entre todas ellas, apareció aquella cantante que me robó la cordura y que casi me cuesta la vida. Se deslizó flotando hasta mí, me acarició el pelo con sus manos sedosas pasando por la mejilla, me besó en la frente y me arrancó los ojos.
Desperté con un grito, sudoroso y con el corazón en estampida, con la certeza de que mi cordura tenía los días contados, si no se me había escapado ya, como el tiempo entre los dedos. El timbre me arrancó de estas divagaciones. El Sol le dijo a mi piel, con su calidez, que pasaban ya las seis de la tarde. ¡Las seis!