lunes, 21 de octubre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 7)


Durante los primeros meses en aquella casa, Stephany -pues así se llamaba mi salvadora- se deshizo en atenciones conmigo. Solo pedía que la escuchara o, en cualquier caso, que aparentara hacerlo. A cambio me dejó ver la vida a través de sus pupilas, haciendo que el telón de mi universo se tornara translúcido y permitiéndome indagar un poco en la realidad que dejé atrás hace ya... mucho tiempo.
Cada mañana, después del café, me sacaba al sillón del porche, donde me dibujaba el mundo con palabras sin olvidar el más mínimo detalle: el color de los ojos de quien pasaba frente a nosotros; el tamaño del pedazo de pan que llevaba la fila de hormigas del césped; las grietas del edificio de enfrente, que anunciaban a gritos su próximo derruimiento; etc. Luego entrábamos a almorzar y ella empezaba su ritual de autocompasión, entre llantos, rabietas y risas irónicas, mientras yo recogía y encajaba las piezas del puzzle visual anterior. De vez en cuando, venía un asistente del centro para supervisar mi conducta y verificar que todo estaba como debería -en realidad querían comprobar que ella seguía viva- y se marchaba a los pocos minutos, con la decepción de no encontrar la masacre que esperaba ver para salir en las portadas de los periódicos como "el hombre que nunca dudó del engaño". A veces yo mismo dudaba de mis intenciones, no sabía si la estaba utilizando para sobrevivir o si me gustaba de verdad, tampoco sabía si a ella le gustaba o solo me quería como paño de lágrimas, pero en aquel momento esa cuestión carecía de importancia. En cualquier caso, los dos éramos felices en nuestra mutua hipocresía.
Un día entre los días supe que me había levantado más tarde de la cuenta, ya que noté la falta de humedad del mediodía, con lo que salté de la cama y bajé al porche en busca de Steph, imaginando que me esperaba para llevar a cabo la descripción diaria de lo común. No estaba allí, ni tampoco en la cocina, ni en el comedor, ni en el jardín. Me asaltó el chisporroteo de la cafetera, así que me senté a desayunar mientras esperaba su llegada, repasando las anteriores descripciones mentalmente para no perder el hábito de imaginarlas. Pasaron las horas sin noticia alguna, hasta que el descenso drástico de la temperatura me indicó la caída de la noche. Esto convirtió la curiosidad en preocupación. Busqué el teléfono de la casa sin resultado, recordándome que nunca lo había utilizado, por lo que tampoco había preguntado su ubicación. Empecé a dar vueltas como loco, mientras un sudor frío me recorría la espalda y un sentimiento de impotencia ardía en mi corazón. De repente oí chasquear el cerrojo y cómo un estridente motor se alejaba calle abajo. La rabia se hizo más intensa. ¿Celos?, imposible. No puedo haberme enamorado de nuevo, pensé, la última vez solo me trajo desgracias, dolor y decepción, pero... Recordé lo que sentí cuando miré aquellos ojos en el Jazz-Ming y lo que sentía cuando estaba con Stephany... Mierda, otra vez. Bajé a toda prisa los veintitrés escalones que me separaban de la puerta principal y la abracé. Noté su pelo mojado, su piel tibia y su corazón volcado. Tenía la camisa a medio abrochar y rezumaba a colonia masculina barata. Me aparté y dijo:

-Espero no haberte asustado, pero tenía planes y aún estabas dormido_al decir planes soltó una risilla floja que confirmó mi sospecha.
-Ya veo, y ¿dónde has estado?
-Verás, he conocido a alguien que...
El golpe la pilló por sorpresa y cayó de espaldas sobre la alfombra, la cual amortiguó el ruido. De mi mano se resbaló el martillo a causa del sudor nervioso después del esfuerzo, mientras enrollaba su cuerpo en la alfombra y lo metía en el armario. Fuera los truenos hicieron de obertura para la tormenta que duró toda la noche, sin poderse comparar a la que se desató en el interior de mi cabeza.