miércoles, 16 de octubre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 6)


Casi había olvidado el cálido aroma del café recién hecho. La sutileza de su intenso sabor me embriagaba aquella mañana, mientras mi joven salvadora me relataba, paso a paso, la historia que la condujo hasta mí. Intentaré recordar hasta el último detalle de tan interesante narración.
Todo comenzó aquel fatídico día en el Jazz-ming. Ella se encontraba apostada en la barra, contemplando la actuación después de un duro día de trabajo. Acompañada por un cigarrillo y un whisky con hielo, se balanceaba sumergida entre las notas musicales, cuando vio, entre la neblina que pesaba en el ambiente, una silueta recortada tras la mesa de billar. Al principio, aquel individuo no llamó su atención, aunque más tarde acabaría por ceder a la curiosidad, ya que siempre era el primero en llegar y el último en marcharse, sentándose exactamente en el mismo lugar con una máscara de admiración cubriendo su rostro. Se le acercó. La vocalista del grupo le había robado el aliento, según decía él, pero estaba casado e indeciso ante la idea del divorcio. Ella intentó cambiar de tema, porque le parecía demasiado redundante su verborrea de amor, odio y autocompasión, pasando a contarle lo sola que se sentía, lo duro que era trabajar con maníacos, convictos, y en algunos casos la mezcla de ambos. No escuchó ni una palabra. Estaba absorto, como en trance, bajo los efectos de aquella voz, aquellos labios sensuales parecían encerrar los misterios de sus pensamientos. Se quedó hablando sola hasta que acabó la actuación, juguetando con el hielo superviviente de la copa de whisky, mientras se deshacía entre el humo de la sala y las lágrimas que nublaban su rostro. Comprendió que solo necesitaba desahogarse, no quería que la escucharan; quería despotricar en voz alta y manifestar sus emociones libremente. Ya que, normalmente, la gente que escucha los problemas ajenos tiende a hacer comentarios u observaciones, además de dar consejos estúpidos e inservibles llegado el caso. Cuando terminó de hablar, volviendo al mundo real, se dio cuenta de que aquel hombre se había esfumado. No podía desaparecer, solo él tenia el secreto para oírla y comprenderla sin escuchar ni interrumpir. Vio su gabardina salir por la puerta de atrás, con lo que salió disparada para preguntarle cuándo volvería a verle. Abrió la puerta, encontrándose tras ella un grito desgarrador y una terrible imagen, que se grabaría en sus retinas hasta el fin de los tiempos: en el callejón yacía su cuerpo, goteando en escarlata hasta alcanzar a la cantante, que a su vez se mantenía tirada debajo, rígida en su expresión desfigurada por el miedo, con los dedos de una mano en los sangrantes ojos que atravesaban y los de la otra sostenían un espray anti-violador.
En ese momento paró, tragó saliva e intentó recomponerse con un sorbo de café. Era evidente que la escena le dejó una profunda huella en la razón. Después prosiguió con dificultad para respirar y un temblor en su voz me indicó que el final del relato estaba próximo.
Llamó a una ambulancia lo más rápido que pudo. Más tarde recogió el móvil, que se esparcía desmontado por el pavimento a causa del forcejeo y llamó al contacto de emergencia -mi mujer (o exmujer, mejor dicho)- contándole la situación. Apareció la policía y todo se volvió confuso tras la burocracia. Al día siguiente fue al hospital en busca de noticias sobre mí, llevándose en la conciencia la falta de esperanza por mi estado de coma. Decidió que debía seguir con su vida, que no era para tanto, aunque en el fondo sabía, por mucho que lo negara, que se sentía culpable por haber llamado a la policía y eso le provocaba dudas acerca de su propia salud mental. Siguió en su trabajo, en el Centro Psiquiátrico-Penitenciario Bloody Island, enterrando sus problemas en montañas de rutina, cuando apareció. Él apareció. Yo aparecí. Me encontró al llevar el rancho por un pasillo equivocado, donde habitualmente lo llevaba Gynger -según me explicó era una compañera, muy amiga suya- pero ésta no estaba y lo confundió. Dio saltos de alegría por haberme visto, mientras sollozaba por mi suerte. Sabía que tarde o temprano me acabarían fusilando, así que decidió tramitar una propuesta de libertad supervisada a largo plazo. Después de cientos de negativas, reprimendas, griterío y apelaciones; lo consiguió -justo a tiempo- aunque no pudo impedir el primer disparo.
Le dí las gracias de todas las formas posibles por salvarme, mientras lloraba abrazado a sus piernas. Se levantó y salió de la habitación, dejando encerradas en ella las palabras: <<Ahora no estoy segura de haber hecho lo correcto. El tiempo decidirá. Hasta mañana.>> Se oyó el traqueteo de la cerradura al cerrarse desde fuera e intenté conciliar de nuevo el sueño, entre las lágrimas de culpa y la sonrisa del que escapa a los brazos de la muerte.