martes, 8 de octubre de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 5)

El camino se me hizo eterno. Mi garganta estaba seca, mis huesos crujían por la falta de uso, el sudor frío que me empapaba desencadenó en un temblor doloroso; en pocas palabras el miedo me inundaba las entrañas. Las esposas marcaban cada paso con un tintineo metálico, casi hipnótico,que dictaba la certeza del fin. Me asaltaron el odio y la tristeza al mismo tiempo, mientras la esperanza era aplastada por aquella palabra que se repetía a mi alrededor una y otra vez <<Fusilamiento>>. Notaba el eco de mi propio respirar, ese olor a suciedad que desprendían mis latidos en conjunto con mi cuerpo, la presión intensa de la sangre en las arterias y unas nauseas indecibles que me ardían en el estómago. Llegamos hasta el fondo de aquel pasillo, que para mi nunca existió, ellos con la risa en los labios y yo con el odio entre las vísceras, que había calado en lo más profundo de mi ser. Me pusieron de cara a la pared; la reconocí por el olor a piedra húmeda y mohosa que la impregnaba. Adiós vieja amiga, pensé.
Empezaron los chasquidos y murmullos de las armas a mi espalda, cuando la rapidez de mi corazón ya casi rozaba la estampida, pero entonces el silencio brotó de la nada para inundar la situación. Me regocijé entre sus brazos, acariciando la idea de la salvación aún sin tener muchas esperanzas puestas en ella. La pausa se prolongó al menos quince minutos; tiempo suficiente para recordar a la mujer que se llevó mi alma y mi cordura a dos metros bajo tierra. <<No te ibas a librar de mí tan fácilmente>> dije para mis adentros con una sonrisa a medias, mientras su voz se dibujaba de nuevo en mi memoria.
-¡Apunten!_dijo, después de lo que para mí fue un siglo, la misma voz decrépita y rasgada que me sacó de aquella celda.
Ese grito fue para mis ilusiones, lo que la brisa para un castillo de ceniza. Me sentí derribado, caí de rodillas al suelo en un llanto desesperado, que se convirtió en la risa desencajada de un loco de atar. Todo se volvió confuso. Apreté los dientes. Las voces no eran si no susurros de la muerte que esperábame impaciente, o más bien delirios, ya que por un momento, antes de desmayarme, creí escuchar a una mujer joven que decía<<¡Basta, este preso está bajo mi custodia!>> y el sonido del disparo ensordeció este espejismo.
Para mi sorpresa, desperté. Esta vez tenía la certeza de ello, porque un dolor intenso me trepaba por la pierna hasta la espalda. Respiraba pesadamente, sintiendo que no estaba solo; dondequiera que me encontrase. Entonces aquel espejismo se hizo real al preguntarme:
-¿Cómo te encuentras?¿Ha estado cerca, eh?_su voz melodiosa pareció entrecortada por un momento_ Claro, no creo que tengas muchas ganas de hablar.
-¿Cómo...?
-Entiendo que estés perplejo, pero debes descansar. Mañana responderé a cuantas preguntas quieras formularme.
Había algo en sus palabras que me hizo pensar que no hablaría por ahora, así que me limité a seguir su consejo, abrazando de nuevo el sueño y la calidez de estar vivo.