viernes, 19 de julio de 2013

La Cripta Mental

Me rocé la herida, noté la bala incrustada entre la sangre y lo que quedaba de mi pierna, mientras un aullido sordo se escapaba de mis labios. Avancé, arrastrándome casi, hasta el amparo de lo que parecía una casa abandonada en las profundidades de aquel bosque maldito. Aunque la oscuridad mordía mis ojos, conseguí cerrar la puerta antes del segundo disparo, que se alojó en el duro roble de la misma haciéndola crujir. Respiré profundamente intentando pensar una forma de escape, pero los latidos de mi corazón ensordecían cada segundo de aquella tortuosa situación. Me acerqué a la aguja de luz que atravesaba la ventana, comprobé que la herida estaba mucho peor de lo que creía ya que vomitaba sangre a espuertas, hice un torniquete con la camisa y me levanté. De repente, un destello surgió de las tinieblas para morderme la piel y hacerme caer, golpeándome fuertemente la cabeza contra una silla. No recuerdo nada desde entonces.
Después de esta reconstrucción de los hechos, vuelve la angustia de encontrarme, sin motivo aparente, atado a una silla en una habitación vacía con este fatigoso olor a desinfectante. Me asolaban las preguntas en forma de gritos del subconsciente, entonces la puerta abrió con un chirrido. Salió de ella un hombre vestido de smoking con una máscara de hierro, semejante a los cascos de los caballeros de la Edad Media, y se acercó a mi pausadamente, alimentándose del miedo que me carcomía las entrañas. Se que sonríe aunque no pueda verlo. Se arrodilló frente a mi, y me dijo susurrando <<Sé que te preguntas por qué estás aquí, la respuesta es fácil: Hoy vas a morir>> Cada palabra se clavó como un gélido carámbano en mi pecho. Después sacó del bolsillo un pañuelo, del que sacó un cuchillo, que más tarde me daría mientras se estiraba en el suelo. No entendí el por qué de esta extraña rendición, pero al asaltarme el recuerdo de todo lo ocurrido, le hundí el cuchillo en el corazón por llenarme el mio de rabia y oí sus carcajadas bajo la máscara. Me quedé perplejo al mirarme y descubrir que yo también sangraba. Entonces le quité la cárcel de su identidad, descubriendo la mía propia en ella. Convoqué un alarido a mi garganta semejante a una explosión y me desperté.
Estaba empapado en sudor, en mi habitación y con los latidos en estampida. Descubrí que solo había sido una pesadilla, fruto del hijo de la muerte y el padre del dolor: el miedo.