lunes, 1 de julio de 2013

Extrañas Coincidencias. Capítulo 1: La Llegada

Una noche de cielo plomizo, en el interior de una furgoneta gris que se deslizaba a tientas por la autopista, un hombre de camisa y ojos grises, conducía con el nerviosismo tatuado en el rostro y el silencio por compañero de viaje. Sus manos se deshacían en océanos sobre el volante mientras jugueteaba con un bolígrafo entre los dientes y transformaba sus inquietudes en susurros de conciencia. Cualquiera que hubiese fijado su vista en él hubiese sospechado e incluso denunciado alguna irregularidad, pero no era el caso. Siguió su camino hasta toparse con un cartel de grandes letras que rezaba <<Fin de carretera>>, entonces se bajó del coche y dirigió sus pasos hacia la parte trasera de la furgoneta. El interior de ésta se encontraba vacío a excepción de lo que parecía una alfombra enrollada alrededor de una pesada carga, cosa que comprobó al apearlo y arrastrarlo unos doscientos metros hasta llegar al pantano. <<Aqui terminan, a la vez, nuestra historia y los problemas que causaste>> se dijo acompañando la frase de un largo suspiro, mientras levantaba la carga y la dejaba caer en las espesas aguas del mencionado estanque. Esperó a que se hundiera del todo al tiempo que fumaba un cigarrillo y, cuando ésto hubo ocurrido, se marchó por donde había venido con una sonrisa en los labios y un secreto a las espaldas.
Mientras ocurría lo anteriormente relatado, en un mugriento hospital al otro lado de la ciudad, una mujer daba a luz, no sin complicaciones, a un niño que se deshacía en gritos para dar cuenta al mundo de su llegada. Dicha fémina, exhausta y sudorosa, recibió una llamada horas después indicandole que su marido estaba de camino para conocer a su primogénito, pero ella, absorta en los latidos de su creación, ignoró cada palabra que pronunciaron en la conversación.
Minutos más tarde, hizo aparición en el hospital el hombre de la camisa gris con una sonrisa inquieta, besó a su esposa en la frente mientras contemplaba con ternura cómo se aferraban los minúsculos dedos del pequeño a su meñique. En ese momento, al abrirse los ojos de la criatura, la sangre se heló en las venas de su padre, que se apartó atemorizado del camastro donde estaba apostado. Creía haber visto el más profundo odio en su mirada, un odio oscuro, sucio y paciente. <<Tonterías, un alma tan joven e inocente no puede profesar una emoción que desconoce>> se dijo, aunque sin creerselo del todo. Desde entonces, los días se sucedieron con normalidad, toda la que requerían tales circunstancias.
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En el centro de una ciudad de la que no vale la pena mencionar el nombre, se alzaban unos edificios de apartamentos herrumbrosos mejor catalogados como ruinas que como viviendas, en los que se residía el detective Carlos Suárez, de treinta años de edad, pelo castaño enmarañado, ojos verdes y una vejez prematura adherida a la piel. Éste malvivía en un estudio de treinta metros cuadrados sumido en el desorden, la ginebra y el olor a tabaco negro. Levantóse mirando el reloj a grito de <<¡Mierda, otra vez tarde!>> y el propio alarido chocó desagradablemente con su insidiosa resaca. Después de un ligero desayuno y la estóica búsqueda de sus efectos personales, entre los que se encontraban: Una glock del treinta y ocho, una placa oxidada, un cuaderno de notas de pasta gruesta y un bombín marrón despintado; se lanzó calle abajo a paso frenético hasta llegar a la puerta de la comisaría, donde le esperaba de brazos cruzados un hombre gordo y bajito, de semblante honesto y sonrisa burlona.
-Te he vuelto a salvar el culo_dijo con sorna_algún día no estaré aqui para fichar por tí cada vez que te retrasas.
-No si sigues comiendo esa cantidad de donuts glaseados_ bromeó.
-Hoy te has levantado gracioso ¿eh?_dijo irónico_ Nos esperan en la reunión del caso Bermúdez.
-Otra vez ese violador, repugnante y reincidente: mala combinación.
Subieron los tres pisos que los separaban de la sala de reuniones, que solo consistía en una gran mesa de roble, mas una pizarra blanca llena de fotos y descripciones encriptadas para ojos inexpertos. Ambos tomaron asiento después del habitual saludo y escucharon:
-El sospechoso es conocido por su brutalidad; sus víctimas acaban masacradas y humilladas hasta el punto de suicidarse a los pocos días del secuestro; éstos son sus nombres...
Al terminar el discurso, los dos amigos se reunieron en el café La Prensa para tomar unas cervezas y comentar las desventuras de la pasada noche. Mientras tanto sonó el teléfono del detective Suárez, habían denunciado la desaparición de su hermano Tony, respetado agente de la Brigada Antivicio. Al parecer llevaba tres semanas sin aparecer por su casa, su esposa se mostró preocupada aunque estas escapadas eran frecuentes en él. Ésta vez era diferente, andaba infiltrado en el cártel mexicano y la desgracia era más que probable. Pagó la cuenta, se despidió de su compañero y acompañado de su sombrero emprendió el camino hacia el parque de caravanas donde residía la familia de su hermano, por mortivos de seguridad, ya que debido a la ocupación del cabeza de familia, no podían permanecer mucho tiempo en el mismo sitio.