jueves, 2 de mayo de 2013

Océano en llamas (Capítulo 1)

Pasé la mano por mi frente y me deshice del sudor, al mismo tiempo alcé la cabeza para mirar el avance
del sol abrasador que ya casi coronaba el cielo para la desgracia de mi piel, que aguantaba los
mordiscos del verano con estoica tenacidad. La pequeña embarcación en la que me encontraba se mecía sobre el oleaje, mientras una fresca brisa marina acariciaba mis endurecidas y cansadas manos durante algunos segundos. Después de esta pausa, me percaté de que debía seguir cosiendo los agujeros que algún pez resentido creaba en la red a modo de venganza. Aunque este hecho parezca un contratiempo, es lo único que le da sentido a mi trabajo, ya que nunca creí que fuera apto para cualquier otro empleo en el que intentara integrarme. He sido, soy y seré siempre pescador, al igual que las seis generaciones que me preceden.
Cuando me aparté de estas divagaciones, lancé la vista al horizonte y por fin vi la tierra que me vió nacer,
una pequeña isla dominada por el viento y el mar, coronada por altas palmeras que agradaban la vista de los
visitantes. Se divisaban algunas vivendas que perdíanse como gotas blancas salpicadas al lienzo del paisaje.
Desperté a Carlos, mi vago y estresante compañero de faena, que pasaba las horas en la taberna del pueblo
contando imaginativas historias sobre monstruos marinos, valientes capitanes y tesoros hundidos a toda
persona que se cruzara en su camino, para que me ayudara a atracar y desembarcar el pan de mis hijos,
arrancado al mar con tanta dificultad. Mis palabras le cerraron la puerta al sueño, abrieron sus ojos y
despertó con la habitual sonrisa ingénua dibujada en su piel morena curtida por el sol. Al llegar a puerto,
como cada día, esperaba mi esposa sentada en un amasijo de redes olvidado por el tiempo. Después de diez años de matrimonio, seguía siendo la mujer más hermosa de cuantas hayan visto La Tierra. Sus ojos, de un verde tan intenso que apagaba el brillo de las esmeraldas, se clavaban en el corazón de quien los mirase; la calidez de su sonrisa hubiese derretido a los petrificados por Medusa, mas una cascada de oro líquido caía en mechones ondulados sobre sus hombros de diosa griega. Bajé de un salto de la embarcación y la besé como si fuera la última vez. Recogí la pesca del día y, prometiéndole a Lucía que iría a casa en unos minutos,me encaminé hacia el mercado acompañado por Carlos.
El mercado del pueblo era un sofisticado orden caótico, donde cada cual intentaba vender cualquier cosa a base de gritos y ademanes varios. El olor a pescado podrido y sudor de los transeuntes, recordaba a un barco abandonado, mezclado entre el baile de colores que ofrecía tal espectáculo cotidiano. Llegué al rincón donde se encontraba mi buen amigo Ramón Fernandez, un rechoncho pescadero con aires de bonachón, que iba siempre pegado a medio puro extinto que colgaba de sus labios. Recibió mi llegada al grito de:

-¡Dichosos sean los ojos! Ya creía que te habías olvidado del viejo Ramón, ¿cómo ha ido la pesca ésta mañana?

-Mejor que bien, mi buen amigo, compruébalo tú mismo_dije sonriendo, mientras levantaba triunfal una red repleta
de peces del tamaño de un niño pequeño.

-¡Oh, hoy es un gran día, no esperaba menos de ti!_exclamó con gran alegría_ Aquí tienes lo acordado, más un extra
por lo de tu nuevo hijo, que tengas un buen día.

-Muchas gracias, Ramón. Le daré recuerdos a mi mujer de tu parte. Hasta la vista.

Me marché a paso ligero de camino a casa, no sin antes darle su parte de las ganancias a Carlos, que encontrando algo más de lo habitual entre ellas, corrió hacia la taberna sin siquiera despedirse. Tras recorrer la calle principal del pueblo, llamada "La Gran Vía", llegué a una modesta casa de un color azul que clareaba a fuerza de los mordiscos del tiempo, bajo un tejado triangular de losa antigua. Detrás de las sendas ventanas de las que disponía tal vivienda, esperaba impaciente el mayor de mis hijos, David, que al verme salió disparado hacia mis brazos. En ellos lo llevé hasta la cocina, donde me vi envuelto en el suave olor de la comida hogareña. Entonces, unos ojos brillantes e inocentes esperaban mi atención, mi hija de cuatro años, una copia casi exacta de su madre, me miraba con admiración y anhelo de cariño, con un delantal que le venía grande me dijo <<Papi, hoy he ayudado a mamá a prepararte la comida>> a lo que contesté <<Entonces hoy repetiré, y si me quedo con hambre, me comeré esos deditos llenos de salsa>> Se rió
mientras corría de un lado a otro, evitando los mordiscos que yo lanzaba al aire>> Después de comer, me quedé dormido en apenas unos instantes, con la tranquilidad de un dia más en la felicidad que me embriagaba.
Desperté abrumado por el ruido y la debastación, todo a mi alrededor era apenas cenizas de lo que fué, y unos gritos desgarraban mis oidos en una continua agonía, supe al momento que se trataba de mi hija. Subí al segundo piso lo más rápido que mis pies me permitían, me adentré en la habitación de la cual había salido aquel estruendo y al abrir la puerta de una enérgica patada, ví una sombra desaparecer por la ventana y el llanto cesó. Cuando miré a mi alrededor, me encontré con una imagen tan escabrosa y escalofriante que hizo que cayera desmayado y, hoy en día, sigue atormentando cada fibra de mi ser.