jueves, 7 de marzo de 2013

El Placer De Lo Invisible (Capítulo 4)

Desperté con un profundo dolor como único compañero, mientras la humedad calaba mis huesos,
al menos los que aún estaban intactos. Bajo mi cuerpo se extendía un suelo de piedra mohosa y fría,
del que me aparté intentando ponerme en pie inutilmente. Al caer, el suplicio más intenso que había
sentido hasta entonces, abrasó hasta el último centímetro de mi ser y ahogué un grito en el dolor de
mi mandíbula, que colgaba hacia un lado. Entonces, me arrastré sobre el empedrado que rasgaba
mi piel como alambre de espino, buscando una pared en la que apoyarme, que encontré después
de un lento camino de desesperación. En cuanto me hube sentado hice un reconocimiento de los
daños y heridas que me quemaban. A pesar de mis funestas espectativas, sólo encontré algunos
huesos dislocados y multiples cortes superficiales sin más importancia que la pérdida de sangre.
Entonces así mi mandíbula, contuve la respiración y con un rápido movimiento, seguido de un
tremendo crujido semejante a la explosión de un cristal, devolví la articulación a su lugar de origen.
Después hice lo mismo con la rodilla derecha y el hombro izquierdo, con lo cual a duras penas
conseguí levantarme para reconocer la habitación.
Era un rectángulo sumido en el mutismo, con olor a cadáver y sueños rotos, de unos veinte pies
de largo y quince de ancho. Disponía de una puerta de madera, de lo que al tacto parecía roble,
con una puerta más pequeña  en su parte baja. Por el frío y el silencio sepulcral que reinaban allí
supe que carecía de ventanas y abundaba en roedores, que encontraban su comida en los cuerpos
exánimes de mis predecesores en el lugar, de los cuales solo quedaba una pila de huesos en una
esquina. Supuse que no era una cárcel normal, por las historias que se contaban de ellas, eran un
paraíso en comparación a aquella tumba rocosa. Me pregunté entonces, ¿cuánto tiempo llevaba
allí?, ¿qué era aquel lugar?, ¿cuánto tiempo me habrían condenado?, un mar de preguntas con
sequía de respuestas. Entonces se abrío la portezuela de la que se oyó caer algo; al palparlo
noté que eran: un trozo de pan ennegrecido y un vaso metálico con un líquido maloliente parecido
al agua. Devoré el pan como si de un exquisito manjar se tratase y bebí el agua de un solo e
imperioso trago.
Volví a despertar sin recordar haberme dormido, con unos síntomas parecidos a una fuerte resaca.
Las náuseas carcomían mi estómago mientras una insidiosa migraña atravesaba mi cabeza en todas direcciones.
Días más tarde, semanas tal vez, volvióse a abrir la portezuela dejando los mismos
ingredientes a su paso, solo que ésta vez diseccioné el trozo de pan y, para mi sorpresa, encontré
dos pastillas en su interior. Entonces se apoderó de mí una furia intensa como el rugido de un león,
que me hizo tirar el pan, patear el vaso y darme cabezazos con todas las paredes. Al momento de
recoger el vaso, descubrí que en su base metálica había un logo y un grabado, que dibujé en mi
mente de tal manera: <<Centro Psiquiátrico-penitenciario Bloody Island>>. Entonces empecé a
reir de desesperación y locura, mientras lágrimas resbalaban por mis mejillas, arañé las paredes y
grité durante lo que me parecieron meses, en los que el insomnio y el hambre, fueron mis compañeros
de viaje hacia el fin de la cordura.
Calculé, por la frecuencia en que aparecían las ratas, las veces que se habría la portezuela y el
patrón de crecimiento del pelo y las uñas, que llevaba seis años en aquel purgatorio. Durante
todo ese tiempo estube recolectando y escondiendo las pastillas que hacían de guarnición a mi
alimento, pensando que en caso de un mal mayor, por dificil que me resultara imaginarlo, me las
tomaría todas juntas y caería en las dulces garras de la muerte, amiga de cualquier habitante de
este lugar inóspito.
A la década de mi encerramiento, oí la primera voz humana desde que me encerraron allí, una
voz rasgada y decrépita que dijo:
-Levanta saco de carne sin ojos, es la hora del recreo_y empezó a reirse a carcajadas.