lunes, 11 de febrero de 2013

El placer de lo invisible (Capítulo 3)


Los primeros dias que el destino cerró para mí el telón del universo, el miedo se apoderó
de mi alma, dejando escapar sollozos de conciencia y carcajadas de locura. Cada sonido
me producía migrañas y el temor de ser atacado por enemigos oportunistas, el más suave
tono de sabor que rozaba mi lengua, se volvía tan enorme que llegaba a marearme, incluso
a dejarme inconsciente durante algunos minutos, notar el tacto de la piel de la enfermera,
me erizaba el vello como espinas defensivas ante tal escalofrío y podía oler el fétido y
dulzón olor a cadaver fresco, que emanaba del foso de unas plantas más abajo. No
sabía si aquella tormenta de sensaciones me salvaría o acabaría conmigo, ni cuánto
tiempo llevaba en aquel lugar, ni si el Sol bañaba la habitación o la Luna me acompañaba
a través de la ventana, lo que sí sabía, es que ya nada volvería a ser lo mismo.
Las horas pasaban inadvertidas como la sombra de un águila acechando su presa, mientras
guardaba la imagen del amor y la voz del odio, bajo llave en el fondo de mi alma. Hasta
que noté un perfume familiar, una estela inconfundible con olor a mujer, que se acercaba
a paso indeciso y pausado. Se oyó el pomo girando sobre sí, el crujir de la puerta al abrirse,
una respiración cada vez más entrecortada y la voz de mi esposa diciendo:
-¿Por qué?_su voz se derretía en lágrimas de desprecio y compasión_¿Por qué has hechado
tu vida a perder por una sucia y miserable cantante a la que apenas conocías?
-Tienes razón. Sólo la conocía en el baile íntimo de las miradas en silencio, pero, cuando su
voz acariciaba mi piel, sentía que la conocía desde siempre_dije con la voz impasible y áspera
como la piel de un tiburón_ Un vínculo intangible que jamás tendré contigo.
Pude oir el estallido de su corazón y se fué sin recoger los trozos. No pude contener los
pensamientos que me ardían en la lengua, ya que mi compasión, desapareció en compañía
de mi vista, con la rapidez de un error. Fue cuando me prometí dejar de compaderme de
mí mismo y empezar a vivir sin la pasión de una imagen.
Comencé por preguntarle la hora a cada enfermera que pasaba diariamente. Empecé por
la del desayuno, que según me dijo, eran las diez de la mañana. Después en el almuerzo,
en la ducha y en la cena. En poco tiempo, gracias a dichas preguntas, sabía qué hora era
según el gusto de cada comida. Entonces el tiempo, que ya creía fantasma del pasado,
volvió a cobrar sentido en mi vida. Empecé a dibujar en mi mente cada objeto de mi
alrededor, rozando cada esquina, ahondando en recovecos, palpando la textura y
reconociendo el olor de cada material. Controlé la distancia entre todo el mobiliario
de la habitación, que disponía de la cama, la mesilla de mi izquierda, el aparato que
controlaba mis pulsaciones y una pequeña televisión empotrada en la pared de enfrente,
andando a tientas por ella, no sin darme antes algunos golpes con la mayoría de sus
componentes. Sabía si era de día o de noche, según la temperatura de la barra de
aluminio que sostenía el suero a algunos centímetros sobre mi cabeza. Salía de la
habitación cada tarde, andando entre la gente que abarrotaba los pasillos del hospital,
esquivándolos gracias al sonido de sus voces o el olor que desprendían.
Un día, cuando estaba a punto de salir a mi paseo por el hospital, me asaltaron dos
voces ásperas y graves, con el olor pesado de un funcionario público:
-¿Es usted Richard Crawn?_dijeron casi al unísono.
-Si, o mejor dicho, lo que queda de él.
-Tiene que acompañarnos, tenemos algunas preguntas que hacerle.
-¿Sobre que?
-Lo sabe usted perfectamente.
Se me heló la sangre en las venas al instante. Mi saliva se volvió de la consistencia del
cemento y mis manos destilaban cascadas de sudor. Me llevaron a una sala con mucho
eco, con lo cual estaba totalmente vacía, excepto por la silla en la que me obligaron a
sentarme y una mesa de aluminio fría y lisa. Se oyó a uno de los agentes sentarse en la
 mesa, y empezó diciendo:
-¿Creía que iba a salir impune por quedarse ciego?¿Cree de verdad que es castigo suficiente
 por cometer un asesinato?_dijo con desdén_ Pues se equivoca, y no sabe de que forma.
-¿Perdón?¿De que me está hablando?_solté, ahogandome en mi propia saliva y súbitamente,
noté como un puño me arrancaba dos dientes y la sangre fluía por mi mentón.
-¿Ya lo recuerdas mejor?¿O quieres que lo intente mi colega? Es muy bueno refrescando la
memoria_dijo en un tono sarcástico y arrogante, que me hizo saber, que él era el eslavón más
debil y su compañero me dejaría sin un solo hueso intacto.
-Hablan de la cantante, ¿no es cierto?
-Parece que se va acordando, siga y, vaya al grano o se acabará desangrando_espetó en un
tono repulsivo de superioridad.
-Que más da ya. El viernes de hace un par de semanas, fuí a hablar con ella después de su
actuación en el Jazz-Ming, dijo algo que no esperaba oir y forcejeamos.
-Y la mató_añadió el policia.
-No, solo forcejeamos_de pronto un agudo silvido invadió mi audición, no esperaba que su
 compañero fuera tan rápido. Un líquido espeso empezó a emanar de mi oreja.
-Le he dicho que no nos mienta, si es que quiere salir de una pieza de esta sala.
-Está bien_dije mareado y apunto de desmayarme por la efusiva pérdida de sangre_La maté
en el callejón trasero del club, no sin que antes me quemara las retinas con ese espray.
-Perfecto pues. Sargento, efectúe la detención_y un tercer golpe más violento aún que los
anteriores, desencajó mi mandíbula antes de que perdiese la conciencia.



J.Rodríguez