viernes, 8 de febrero de 2013

El Placer de lo Invisible (Capítulo 2)



                                                         
Pocas personas en su vida, conocerán el sabor de los sonidos, el color de los olores,
o el sutil baile del sabor y la textura. No me creo superior a la gente común, tampoco
inferior a sus cualidades, pero me compadezco de su ignorancia ante los pequeños
placeres de lo invisible. Yo, hace unos años, también ignoraba cómo se podría
afrontar a un enemigo sin poder verle, y más si dicho enemigo es la vida diaria,
en un mundo de hienas con los dientes ocultos.
La historia de mi desgracia comenzó un viernes 29 de Noviembre, concretamente del
año 1976. Era un invierno blanco, gélido, de los más fríos que se recuerdan en Londres.
Las calles estaban repletas de muñecos de nieve, fabricados por la febril felicidad de los
niños que se libran de las clases a causa de la misma. El sonido de las máquinas quitanieves
se paseaba por la ciudad, mientras algunos desafortunados trabajadores intentaban en vano
rescatar sus coches sepultados bajo un manto helado. Yo caminaba con la seguridad del
triunfador a mi despacho, en la planta 25 del Edifio Mashwell. La vida me sonreía por
aquel entonces. Tenía una mujer encantadora y una preciosa casa palaciega en las afueras.
La gente me señalaba y me utilizaban como ejemplo de buena conducta ante sus hijos.
Conocí a mi perdición esa misma tarde, en un bar de la avenida St. Germain, llamado
"Jazz-ming", donde se daban a conocer los grupos callejeros de la ciudad. Recuerdo
cada detalle de su sensual voz de terciopelo, su mirada segura y vulnerable, sus labios
acariciaban cada tono, desde entonces su imagen me acompaña en los mejores sueños
y en las peores de mis pesadillas. Me acerqué a mi mesa habitual, donde me esperaba
Joe, camarero e hijo del dueño del local, con un vaso de Bourbon y una caja de cerillas.
-¿Le gusta nuestra actuación de hoy, señor? La hemos contratado semanalmente, nos
está haciendo de oro_dijo, con una media luna avariciosa dibujada en los labios.
No contesté. Estaba absorto en aquel ensueño hipnótico de sus palabras, cortaba la
respiración. Cuando acabó la actuación me acerqué, aun estando al borde de un colapso
cardíaco, al escenario. Empecé a notar un sudor frío que me pesaba en la espalda, la
cabeza me daba vueltas y sentía unas horribles náuseas, como al salir de viaje en barco
en medio de la tormenta. De pronto, todo era oscuridad.
Recobré el sentido y me puse en pié algo desorientado, cuando apareció Joe.
-Señor, se ha desmayado. Le he pedido un taxi ya que las ambulancias hubieran
 tardado horas en llegar.
-¿Dónde está?
-En la puerta le espera impaciente, con el motor arrancado.
-No, esa chica, la que estaba en el escenario ¿dónde está?
-Se fue hace hora y media. Lleva usted dos horas inconsciente, pero no se preocupe,
el viernes volverá a la misma hora, ya le dije que la hemos contratado. Aunque si no
puede esperar, ésta es su dirección_dijo con indiferencia mientras me ofrecía un
pequeño trozo de papel_y ahora márchese o el taxista se irá sin usted.
-Gracias Joe, volveré el viernes entonces.
Salí de allí y con rapidez me subí al taxi. Sin decir nada le alargué el pedazo de
papel con la dirección al taxista, que asintió y se puso en marcha en solidaridad
con mi mutismo. Llegamos en poco tiempo a un andrajoso bloque de apartamentos,
que parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento con la ligereza de un castillo
de naipes. Pagué al taxista y me avalancé escaleras arriba hasta el cuarto piso, cada
escalón de madera podrida se quejaba bajo mis pies mientras el apestoso olor a
humedad y cerrado asaltaba mi olfato como tropas de cadáveres descompuestos.
Llamé a su puerta, que tembló en un golpe sordo, con la emoción de un adolescente
en su primera cita. Nadie contestó. Probé otra vez con el mismo resultado y empecé
a pensar que Joe me había tomado el pelo. Empecé a bajar las escaleras con el desánimo
por compañero, cuando de pronto la puerta se abrió. Salió un hombre de unos sesenta
años con más pelo en la nariz que en la cabeza, constitución esquelética y unas gafas
que nada tenían que envidiar a los telescopios de la NASA.
-¿Es usted quien ha llamado a mi puerta, no es así?_dijo con elegante desconfianza_
¿Qué es lo que quiere?
-Verá señor, busco a una chica que, según me han indicado, vive en este apartamento.
-La chica que busca se fue de aqui hace tres meses, o mejor dicho, la echaron por no
 pagar el alquiler.
-Oh, ¿y no sabrá usted donde puedo encontrarla?
-Lo siento, no dispongo de esa información, no soy del tipo de personas que se meten
donde no les llaman.
-Lo imaginaba, gracias y perdone las molestias_dije, dejando escapar un suspiro de
ultratumba.
Llamé a otro taxi y me llevó hasta casa. Al llegar allí mi mujer se dió cuenta de mi
desánimo y me preguntó si algo me ocurría, por toda contestación obtuvo un gemido
y un portazo. Aunque la oí llorar efusivamente tras la puerta, estaba tan absorto en la
voz de aquella mujer, en cada pliegue de su largo cabello, en cada mirada furtiva que
intercambiamos, que me sentía aislado del mundo entero y, entonces y solo entonces,
comprendí la desgracia del despecho.
El viernes siguiente, me senté en la mesa de siempre, pero con la diferencia de haber
llegado veinticinco minutos antes de que el club abriera sus puertas. La sangre me
quemaba en las venas como ríos de roca fundida y, cuando quise darme cuenta, mi
paquete de cigarrillos estaba vacío y el vaso era un desierto de ceniza. Entonces
entraron el saxofonista, el bajista y el batería de la semana pasada. Empecé a notar
 cómo mi corazón intentaba trepar por mi garganta y correr a mirar tras la puerta
trasera, de donde salían dichos músicos, para entregarse al drama de mis anhelos.
Los músicos tomaron posiciones en el escenario, mientras los transeuntes se sentaban
 con curiosidad. Entonces apareció y volvió aquella atmósfera a la que, sin querer, me
había enganchado como a la peor de las drogas. Cuándo terminó su actuacíon, en un
impulso estuve a su lado mientras cruzaba la puerta de salida.
-Perdona, solo quería decirte que has estado genial_dije buscando palabras que se
atascaban en mi lengua_podría invitarte a un café.
-No_escupió con la frialdad de una lluvia de carámbanos.
-Solo quiero...
-No.
-Pero solo...
-Haber como te lo explico, no soy la típica puta que se va con el primer fracasado
que la invita a tomar un café, por alabar una actuación que sé que ha sido perfecta
_vomitó cada palabra sobre mi persona, como si le hablara a la forma de vida más
repugnante sobre la faz de la tierra_ solo te miraba, porque hay que jugar un poco
con los babosos, para que sigan viniendo a las actuaciones y poder conservar mi trabajo.
Entonces, con el orgullo herido de muerte y el odio envenenando mi lengua, me avalancé
sobre ella como un chacal hambriento. Sus gritos le arrancaron el silencio a la oscuridad
del callejón, forcejeó con la voracidad de la supervivencia. Noté como crujía su cuello bajo
la presa ineludible de mis manos, cuando de pronto, sacó un espray de pimienta que roció
contra mis ojos durante dos interminables minutos, pero mi locura me impedía sentir el dolor,
y no paré hasta que dejo de respirar. Y entonces fue cuando empezé a notar como me ardían
los ojos y solté un alarido de puro dolor que desgarró mi garganta.
No recuerdo que pasó en los días siguientes, solo un dolor perpetuo que crispaba mis nervios,
pensé que llegarían a explotarme los dientes de tanto apretarlos. Desperté en lo que creía un
hospital, intenté abrir los ojos, pero la oscuridad seguía envolviéndome, fue cuando me dí
cuenta de que ya los tenía abiertos. Estaba totalmente ciego y al recordar la escabrosa escena
acaecida, noté una lágrima resbalando por mi mejilla, cayendo en mision suicida hacia la almohada.