jueves, 7 de febrero de 2013

El Placer de lo Invisible (Capítulo 1)

                                             
¿Estoy despierto? es el enigma que, como el café, me acompaña cada mañana. Me despojo de las
suaves mantas que me cubren, al abrir la ventana el olor a tierra húmeda impregna de frescor la
habitación y el sonido aun adormilado de la ciudad madrugadora se cuela en la estancia. Comienzo
la rutina diaria con una ducha caliente, que apacigua y aclara las ideas, seguida de un desayuno
ligero y un paseo por las noticias radiofónicas de la mañana. Doce escalones me conducen a la
salida y el autobús llega puntual, como siempre.
Al cruzar la puerta de Wallspot S.L, me asalta una voz fuerte y desgarrada, es Marvin el portero,
que contándome los últimos acontecimientos escabrosos acaecidos entre los compañeros, me
acompaña hasta el cubículo donde la monotonía de mi teclado se clava en mis oidos y el olor a
cigarrillos y sudor nervioso crea una atmósfera nauseabunda a la que, como todos, casi
estaba acostumbrado.
Las empresas publicitarias son como bandadas de buitres compitiendo por el
último trozo de carne muerta en medio del desierto. Sin embargo, todos se esconden tras su
sonrisa aceitosa y verborrea hipócrita, esperando el momento perfecto para aplicar el golpe
de gracia. Mi supervisor, Lionel Brucks, me dicta el guión de los últimos anuncios producidos
por la compañía, mientras su pesada colonia de hombre de negocios hace estragos en
mi concentración. Un silvido digital me indica el final de mi jornada laboral, y como cada día,
almuerzo en el restaurante de la esquina, frente a la floristería, donde los sentidos se despliegan
al máximo y descargan las tensiones acumuladas. De pronto, me asaltan con timidez las pequeñas
gotas que preceden al aguacero. El dueño del restaurante se ofrece a llevarme a casa, oferta que
declino diciéndole: <<Gracias, pero me gusta andar bajo la lluvia, es uno de los pocos placeres
que conservo>>. Se aleja tomando por buena dicha explicación, y emprendí un lento camino
a solas conmigo mismo y la melodía acuosa que envolvía mis pasos.
Llego por fin a casa de Steve, uno de los pocos amigos que aun me quedan , aunque para él
solo sea un cliente más. Deposito el dinero donde siempre, en un pequeño cuenco ovalado de
tacto áspero, de donde en unos minutos obtengo unos gramos de felicidad, preludio del infierno
que conllevan. Al llegar al portal, subir los doce escalones hasta mi puerta, sacar las llaves de
mi bolsillo derecho, entrar y despojarme de la ropa empapada, avanzo hasta el cajón de mi
escritorio, saco la aguja y preparo la dosis con minuciosidad. Noto el tenue dolor que precede
al climax oyendo el suave traqueteo de la lluvia acariciando la ventana. Déjome caer sobre la
alfombra, mientras mi cuerpo se retuerce en oleadas de placer incontrolable, que me arrancan
de la realidad y me sumergen en el mejor de los sueños.
Vuelvo a despertar y me doy cuenta de que la aguja sigue clavada en mi brazo. Una especie de
líquido espeso emana de ella, supongo que es sangre coagulada. Me duele todo el cuerpo, pero
sabía en lo que me estaba metiendo. La ducha hace que vuelva en mí, el desayuno me devuelve
la forma y, como cada mañana, un locutor de radio me pone al dia de las noticias acaecidas.Oigo
uno de los anuncios producidos por la compañía, una irritante melodía acompañada por voces
satisfechas, que alaban la cuestionable calidad de un antiemorroidal. Cada vez odio más mi trabajo.
Vuelvo a la empresa, pero algo no está bien, este olor no es el de costumbre, huele demasiado bien.
El cubículo donde había pasado la mitad de mi vida adulta, ha desaparecido. De repente oigo una
voz a mi espalda:
-Señor Crawn, debo pedirle unos minutos de su tiempo_dijo Kyle Roberts, director de
personal de Wallspot S.L._tengo algo que decirle.
Claro, siempre es un placer hablar con usted.
Miento. Es una de las personas más desagradables que he conocido jamás. Nunca me gustó la
falsedad y ambigüedad de las personas que dedican su vida a arrebatarle el trabajo a los demás.
Antes de empezar la conversación, intuyo por el ruido intermitente de su bolígrafo golpeando la
mesa y su pesada respiración, que está algo nervioso.
-Señor, debe usted saber que esta empresa valora muchísimo los años de trabajo que ha invertido
en mantenerla a flote. Pero en estos momentos, nos vemos obligados a prescindir de sus servicios,
dado que nuestros ingresos no son suficientes para mantener en buenas condiciones a un empleado
en su estado_dijo sin emoción alguna en su voz_Espero que lo entienda y le deseo lo mejor en sus
próximas pesquisas laborales. Gracias por su colaboración.
Me levanto del sillón acolchado que me servía de asiento, dirijo mis pasos hacia la puerta, y antes
de salir le dirijo las últimas palabras que pronunciaría en aquel edificio:
-Solo tengo una cosa más que decir.
-Dígame, buen hombre.
-Usted no vivirá lo suficiente para ver crecer a sus hijos, se lo prometo.
Cerré la puerta detrás de mí y, aun siendo ciego y estando algo aturdido, vi el miedo flotando
libremente en su voz teblorosa a través de la puerta, mientras me alejaba por los angostos pasillos
de aquel infierno.

J.Rodríguez