miércoles, 6 de febrero de 2013

Carne de Ciudad

Agujas luminosas despuntaban en el horizonte y dibujaban los objetos a los ojos
de los hombres. Atormentada la mente del trabajador insatisfecho, que camina
hacia su ataud metálico en busca del comienzo de la jornada. Las ideas, en
solidaridad con el corazón, siguen un ritmo sordo y apagado, sepultado por la
monotonía diaria. El tiempo solo existe cuando el alma espera una via de escape
en la sorpresa que no llega, mientras el reloj se burla de nosotros, quitandonos segundo a segundo la vida de las manos y nosotros esperamos un golpe de suerte
que nos salve. Cuando llega el fin del fulgor, comienza el baño de plata en la
oscuridad y la neblina nocturna nos une a las sombras. Abrazar un profundo sueño
es el único deleite para una cáscara vacía, que consigue respirar bajo el pesado manto
de injusticias que lo cubre. Números somos, en archivos olvidados en estantes nos
convertiremos, añorando el fantasma del ayer y temiendo el mañana.
Desconfía de las hienas con corbata que ríen, pues cosecharán tus desgracias a
sabiendas de que pronto expirarás y devorarán tu carne, carne muerta en el asfalto.
Volver a la sepultura de cemento, la tranquilidad del ojo del huracán, el estertor sordo
de un cadaver putrefacto ante la caja consumista.

J. Rodríguez